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del agua; el maderamen crujía y aullaba alrededor de él. Todas estas cosas hicieron que
suspirara con desesperación y que se acordara de su madre.
-¿Te sientes mejor? -preguntó el muchacho haciendo gestos-; ¿quieres tomar un poco
de café?
Le trajo una taza llena y le agregó melaza para endulzarlo.
-¿No hay leche? -preguntó Harvey, echando una mirada alrededor de todas las camas,
como si esperara que allí hubiera una vaca.
-¡Qué va! -dijo el muchacho-. Tampoco es probable que la probemos hasta mediados
de septiembre. El café no es malo. Lo hice yo.
Harvey lo tomó sin decir una palabra; después el muchacho le entregó un plato lleno de
trozos de carne de cerdo, que Harvey devoró furiosamente.
-He puesto a secar tu ropa. Creo que ha encogido un poco -dijo el muchacho-. No es
como la que utilizamos por aquí. Levántate a ver si te has hecho alguna herida.
Harvey así lo hizo, pero no pudo decir que tuviera algo roto.
-Está bien -dijo el chico de todo corazón-. Vístete y vete a cubierta. Mi padre quiere
verte. Me llaman Dan. Ayudo al cocinero y hago a bordo todo lo que los hombres
consideran mu sucio para un adulto. No hay otro grumete a bordo desde que Otto se cayó
por la borda. Era holandés y sólo tenía veinte años. ¿Cómo pudiste caerte con aquella
calma chicha?
-No estaba tan calmado -dijo Harvey secamente-. Era una verdadera tormenta y yo estaba
mareado. Supongo que debí caerme por la barandilla en la que me apoyaba.
-Hubo un poco de marejadilla ayer y anoche -dijo el muchacho-. Pero si crees que eso era
una tormenta... -silbó asombrado-, espera a que termine este viaje. Pero aligera. Padre te
está esperando.
Como muchos otros desdichados jóvenes, Harvey nunca en su vida había recibido una
orden escueta, nunca, por lo menos, sin una larga y a veces lacrimosa explicación de las
ventajas de la obediencia y de las razones de lo que se le pedía. La señora Cheyne vivía en
un temor perpetuo de acobardarlo, lo que tal vez fuese la razón de que ella misma estuviera
continuamente al borde de un ataque de nervios. Harvey no podía comprender por qué
había de apresurarse a satisfacer los deseos de otro hombre y así lo manifestó abiertamente.
-Que baje tu padre, si tiene tantas ganas de hablar conmigo. Necesito que me lleve a
Nueva York inmediatamente. Se lo pagaré.
Dan abrió los ojos como platos en cuanto comprendió la magnitud y osadía de aquella
broma.
-Eh, padre -gritó por la escotilla-, dice que usted puede bajar aquí, si tiene tantas ganas de
hablar con él. ¿Ma oído?
La respuesta vino en la voz más profunda que Harvey hubiera oído jamás salir de una
garganta humana:
-Déjate de tonterías, Dan; tráelo aquí.
Conteniendo la risa, Dan arrojó a Harvey sus zapatos de ciclista, que habían perdido su
forma. En el tono de aquella voz que venía de cubierta había algo que desarmaba la
reconcentrada rabia de Harvey, que se consolaba a sí mismo, pensando que hablaría poco a
poco de su fortuna y de la de su padre, durante el largo viaje hasta Nueva York.
Ciertamente, su salvación le convertiría en un héroe entre sus compañeros. Subió a cubierta
por una escalera completamente vertical y se abrió camino hasta la popa, donde un hombre