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Sus gruesas manos estaban hinchadas y había en ellas manchas de un color purpúreo
claro.
-Algunos encuentran todas las herramientas malas -dijo Dan como si se dirigiera a la
luna, que acababa de salir-. Aunque tengan que buscarlas especialmente. Por lo menos así
me parece a mí.
-Y otros -dijo el tío Salters- viven tan ricamente sin necesidad de trabajar y se burlan de
los que son de su propia sangre.
-¡A sentarse! ¡A sentarse! -exclamó una voz que todavía no había oído Harvey a bordo.
Disko Troop, Tom Platt, Long Jack y Salters se dirigieron hacia proa en cuanto lo oyeron.
El pequeño Penn se inclinó sobre sus redes de fondo y de pescar bacalao, que estaban
enredadas. Manuel estaba tirado cuan largo era sobre cubierta. Dan entró en la bodega;
Harvey le oía martillar en unos toneles.
-Es la sal -dijo cuando volvió-. En cuanto hayamos terminado de comer, empezaremos a
salar. Tom Platt y mi padre trabajan juntos; ya los oirás discutir. Nosotros somos la
segunda tanda: tú, yo, Manuel y Penn, la juventud y hermosura de a bordo.
-¿Qué me importa eso? Tengo hambre.
-Dentro de un minuto habrán terminado de comer. ¡Sniff! Huele bien hoy. Padre siempre
embarca buenos cocineros que aguanten a su hermano. Ha sido buena pesca la de hoy, ¿eh?
-y señaló el depósito lleno de bacalao hasta arriba-. ¿Qué profundidad habéis tenido,
Manuel?
La luna había empezado a rielar sobre las tranquilas aguas cuando los hombres mayores
volvieron a popa. El cocinero no necesitó llamar a la segunda tanda. Dan y Manuel bajaron
por la escotilla y se sentaron a la mesa antes que Tom Platt, el último y más parsimonioso
de los viejos hubiera acabado de limpiarse la boca con la mano. Harvey siguió a Penn y se
sentó frente a un plato de fritura de lenguas y vejigas de bacalao, pedazos de carne de cerdo
y patatas, una hogaza de pan caliente y una taza de café negro y fuerte. Aunque tenían
mucha hambre, esperaron, mientras Pennsylvania rezaba. Entonces empezaron a tragar en
silencio hasta que Dan tomó aliento a poco de sorber su café y le preguntó a Harvey cómo
se sentía.
-Bastante lleno, pero creo que todavía me queda sitio para otro trozo.
El cocinero era un tipo enorme, negro como el carbón, que se diferenciaba de los
hombres de su raza que Harvey había conocido en que no hablaba, contentándose con
sonrisas y movimientos de cabeza, con los que quería invitar a los pescadores a seguir
comiendo.
-¿Ves, Harvey? -dijo Dan golpeando con el tenedor sobre la mesa-, es como yo te decía.
Los hombres jóvenes y guapos de a bordo, como yo, como tú, Manuel y Pennsy, somos la
segunda tanda. Comemos después que han terminado los primeros. Son peces viejos,
pequeños y arrugados. Por eso se les sirve primero, cosa que no merecen. ¿No es cierto,
doctor?
El cocinero inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
-¿Sabe hablar? -preguntó Harvey en voz muy baja.
-Lo bastante para sus necesidades. No es que le oigamos hablar mucho. Su lengua
materna es un tanto curiosa. Viene del cabo Breton, donde los granjeros hablan una especie
de dialecto escocés de andar por casa. Esa región está llena de gente de color, cuyos