"No lo sé", dije. "Pero ¿quieres ser mi socio?"
Y así, en la mañana de ese sábado, Mike se convirtió en mi primer socio comercial. Pasamos
toda la mañana generando ideas sobre cómo hacer dinero. Ocasionalmente hablábamos de
cómo se estarían divirtiendo los "niños mimados" en la casa de Jimmy, en la playa. Nos dolió
un poco, pero ese dolor fue bueno, porque nos inspiró a seguir pensando acerca de las
maneras de hacer dinero. Finalmente, esa tarde, un destello de iluminación atravesó nuestras
cabezas. Se trataba de una idea. Mike la obtuvo de un libro de ciencias que había leído.
Entusiasmados, estrechamos nuestras manos, y entonces la sociedad ahora tenía un negocio.
Durante algunas de las semanas siguientes, Mike y yo recorrimos el vecindario llamando a las
puertas y preguntando a nuestros vecinos si podrían guardarnos sus tubos de pasta de
dientes. La mayoría consintió sonriendo, con la mirada intrigada.
Algunos nos preguntaban qué estábamos haciendo. A lo cual respondíamos, "no podemos
decírselo, es un secreto de negocios".
Mi madre se molestaba cada vez más a medida que avanzaban las semanas. Habíamos elegido
un sitio cerca del lavarropas como lugar para apilar nuestro stock de materia prima. En una
caja de cartón de botellas de ketchup, nuestra pila de tubos vacíos de pasta dentífrica
comenzó a crecer.
Finalmente, mamá se entrometió. El espectáculo de los desperdicios de sus vecinos -tubos
vacíos apretujados- le afectó. "¿Qué están haciendo ustedes, niños?" preguntó. "Y no quiero
oír otra vez que se trata de un secreto de negocios. Hagan algo con este desastre o lo voy a
arrojar a la basura."
Mike y yo rogamos e imploramos, explicando que pronto tendríamos suficiente para empezar
nuestra producción. Lo que estábamos esperando era que un par de vecinos acabaran su pasta
para que nos dieran los tubos. Mamá nos garantizó una extensión del plazo por una semana.
El día de inicio de producción fue adelantado. La presión estaba encima. Mi primer socio ya
había sido amenazado por mi propia madre con un aviso de desalojo de nuestro espacio en el
lavadero. El asunto de tener que decirles a los vecinos que apuraran el uso de su pasta, pasó a
ser una tarea de Mike, quien les dijo que, de todas maneras, sus dentistas deseaban que se
cepillaran más a menudo. Yo comencé a organizar la línea de producción.
La producción comenzó una semana más tarde, tal como había sido programado. Mi padre
vino con un amigo a ver a dos niños de 9 años con una línea de producción que operaba a toda
velocidad en la rampa de acceso a la casa. Un fino polvo blanco se esparcía por todas partes.
Sobre una mesa alargada, había pequeños cartones de leche del colegio, y la parrilla de la
familia con carbones al rojo, irradiaba a máxima temperatura.
Papá se acercó cuidadosamente, teniendo que dejar su automóvil en la entrada de la rampa,
ya que la línea de producción bloqueaba el portón. A medida que él y su amigo se acercaban,
vieron sobre los carbones una olla de acero, con los tubos derritiéndose. En aquellos días, la
pasta de dientes no era envasada en tubos plásticos. Los tubos eran de plomo. De manera que
luego de quitarles la pintura, los tubos eran colocados en la olla, se derretían hasta que se
volvían líquidos, y sosteniendo la olla por sus asas, vertíamos el plomo en los cartones de
leche, a través de un pequeño agujero.
Los cartones estaban llenos de piedra parís. El polvo blanco desparramado era el material,
antes de ser mezclado con agua. En mi premura, yo había dejado caer la bolsa, y toda el área
se veía como si la hubiera azotado una tormenta de nieve. Los cartones de leche eran el
recipiente contenedor para los moldes de piedra parís.
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