pensamos en ser ricos. Simplemente nos gusta enseñar. Desearía poder ayudarte, pero la
verdad es que yo no sé cómo ganar dinero."
Mike y yo nos dimos vuelta y continuamos con nuestra limpieza.
"Ya lo sé", dijo mi padre, "si ustedes quieren saber cómo ser ricos, no me pregunten a mí.
Hablen con tu papá, Mike."
"¿Mi papá?" preguntó Mike con gesto sorprendido.
"Sí, tu papá", repitió mi padre sonriendo. "Tu padre y yo tenemos el mismo oficial de cuentas
en el banco, y él se deshace en elogio: sobre tu padre. Me ha dicho varias veces que tu papá
es brillante cuando se trata de ganar dinero."
"¿Mi papá?" preguntó nuevamente Mike, incrédulo. "Y entonces ¿cómo es que no tenemos un
buen auto y una linda casa como los niños ricos de la escuela?"
"Un buen auto y una linda casa no significan necesariamente que uno sea rico o que sepa
cómo hacer dinero", replicó papá. "El padre de Jimmy trabaja para la plantación de azúcar. El
no es tan diferente de mí. El trabaja para una compaña, y yo para el gobierno. La compaña le
compró el automóvil. Esta empresa azucarera está en problemas financieros, y el papá de
Jimmy pronto puede quedarse sin nada. Tu padre es diferente Mike. Parece que él está
levantando un imperio, y sospecho que en unos años será un hombre muy rico."
Con eso, Mike y yo nos entusiasmamos otra vez. Con nuevo vigor, comenzamos a limpiar el
desorden causado por nuestro primer fenecido negocio. Mientras ordenábamos, hicimos planes
acerca de cuándo y cómo hablar con el papá de Mike. El problema era que él trabajaba largas
horas y a menudo no llegaba a casa hasta tarde. Su padre era dueño de depósitos, una
compaña constructora, una cadena de almacenes, y tres restaurantes. Estos últimos eran los
que lo mantenían fuera hasta tarde.
Mike tomó el autobús hacia su casa luego de que terminamos de limpiar. Iba a hablar con su
papá cuando él llegara a casa esa noche, y le preguntaría si nos podría enseñar cómo hacernos
ricos. Mike prometió llamarme bien hablara con su papá, aunque fuera tarde.
El teléfono sonó a las 8:30 p.m.
"O.K." dijo. "El próximo sábado." Y colgó. El padre de Mike había accedido a reunirse con
nosotros.
El sábado por la mañana a las 7:30 hs., tomé el autobús hacia el lado pobre de la ciudad.
Comienza la lección:
“Les pagaré 10 centavos por hora.”
Aún para los estándares de pago de 1956, 10 centavos era bajo.
Michael y yo nos reunimos con su papá esa mañana a las 8 hs. En punto. El estaba atareado, y
ya había estado trabajando por más de una hora. Su supervisor de construcciones se estaba
yendo en su camioneta justo cuando yo llegaba caminando a su pequeña, simple y pulcra
casa. Mike me recibió en la puerta.
"Papá está hablando por teléfono, y dijo que esperáramos en el porche trasero", dijo Mike,
mientras me abría la puerta.
El viejo piso de madera crujía mientras yo cruzaba el umbral de esta antigua casa. Había una
alfombra ordinaria al cruzar la puerta. Estaba allí para disimular los años de uso de incontables
pisadas soportadas por el piso. Aunque estaba limpia, necesitaba ser reemplazada.
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