ustedes no pueden tomar una decisión con firmeza, entonces, de todas maneras, nunca
aprenderán a ganar dinero.
Las oportunidades van y vienen. Ser capaz de saber cuándo haces decisiones rápidas es una
habilidad importante. Ustedes tienen la oportunidad que solicitaron. La escuela comienza o
cierra en diez segundos", dijo el papá de Mike con una sonrisa fastidiosa.
"La tomo", dije.
"La tomo", dijo Mike.
"Bueno", dijo el papá de Mike. "La Sra. Martín estará aquí en diez minutos. Cuando termine
con ella, la acompañarán a mi supermercado y pueden empezar a trabajar. Les pagaré 10
centavos por hora y trabajarán tres horas cada sábado”.
"Pero tengo un partido de softball hoy", dije.
El padre de Mike bajó su voz hasta un tono rígido. "Lo toman o lo dejan", dijo.
"Lo tomo", repliqué, eligiendo trabajar y aprender en lugar de jugar softball.
30 centavos más tarde alrededor de las 9:00 a.m. de una bella mañana de sábado, Mike y yo
estábamos trabajando para la Sra. Martín. Ella era una mujer amable y paciente. Siempre
decía que le recordábamos a sus dos hijos, quienes ya habían crecido y partido. Aunque era
amable, ella creía en trabajar mucho, y nos mantenía trabajando. Ella era la encargada de
señalarnos nuestras tareas. Pasábamos tres horas tomando alimentos enlatados de los
estantes y, con un plumero, cepillábamos cada lata para quitarle el polvo; luego las
reacomodábamos prolijamente. Era un trabajo extremadamente aburrido.
El papá de Mike, a quien yo llamo mi padre rico, era dueño de nueve supermercados, con
grandes playas de estacionamiento. Eran la versión temprana de los actuales mercaditos "7-
11" (Seven Eleven). Pequeños almacenes del vecindario, en los cuales la gente compraba
ítems tales como leche, pan, mantequilla, o cigarrillos. El problema era que estábamos en
Hawai antes del aire acondicionado, y los comercios no podían cerrar las puertas por el calor.
Sobre los costados del local, las puertas debían estar abiertas de par en par, quedando sobre
el acceso y el estacionamiento. Cada vez que un automóvil pasaba o estacionaba, el polvo
volaba en remolinos cayendo dentro del local.
De manera que tendríamos trabajo por tanto tiempo como no hubiera aire acondicionado.
Durante tres semanas, Mike y yo nos reportamos a la Sra. Martín y trabajamos nuestras tres
horas. Al mediodía, acababa nuestro trabajo, y entonces ella dejaba caer tres pequeñas
monedas de diez centavos en cada una de nuestras manos. Mas, aunque tenía 9 años y era la
década de los 50, 30 centavos no era demasiado excitante. Los libritos de historietas costaban
entonces 10 centavos, así que usualmente yo gastaba mi paga en historietas, y volvía a casa.
Para el miércoles de la cuarta semana, estaba listo para renunciar. Yo había accedido a
trabajar sólo porque deseaba aprender del padre de Mike, la manera de hacer dinero, y ahora
era un esclavo por 10 centavos la hora. Y para peor, no había visto al papá de Mike desde
aquel primer sábado.
"Estoy renunciando", le dije a Mike en el almuerzo. El almuerzo de la escuela era miserable. El
colegio era aburrido, y ahora ni siquiera esperaba mis sábados con satisfacción. Pero lo que
realmente me afectaba, eran los 30 centavos.
Esta vez Mike sonrió.
"¿De qué te ríes?" pregunté con enojo y frustración.
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