3. Mostrar que cualquiera puede alcanzar gran riqueza.
4. Demostrar que existen millones de maneras de lograr sus metas.
5. Hacer ver que no se trata de ciencia espacial.
En 1989, yo solía salir a correr a través de un encantador vecindario en Pórtland, Oregon. Se
trataba de un barrio compuesto por casitas de madera como salidas de un cuento. Eran
pequeñas y adorables. Casi me hacía imaginar que aparecería Caperucita Roja dando brincos
por la acera yendo a la casa de Abuelita.
Había carteles de "EN VENTA" por todas partes. El mercado de la madera estaba terrible, el
mercado de acciones acababa de colapsar, y la economía se encontraba desactivada. En una
calle, vi un cartel de venta que llevaba allí más tiempo que el resto. Lucía envejecido. Un día
pasé haciendo jogging y tropecé con el dueño, quien se mostró preocupado.
"¿Cuánto está pidiendo por su casa?" le pregunté.
El propietario se dio vuelta y apenas sonrió. "Hágame una oferta", dijo. "Ha estado en venta
por más de un año. Ni siquiera viene ya nadie a verla”.
"Quiero verla", le dije, y compré la casa media hora más tarde por 20.000 dólares menos del
precio que él solicitaba.
Era una linda casa de dos dormitorios, con decorados de casita de cuentos alrededor de sus
ventanas. Era celeste con detalles en gris, y había sido construida en 1930. Dentro, había una
hermosa chimenea de piedra, como también dos diminutos dormitorios. Era una casa perfecta
para poner en alquiler.
Le di al dueño u$s 5.000 de anticipo por una casa de u$s 45.000 que realmente valía u$s
65.000, excepto que no había nadie que quisiera comprarla. El dueño se mudó en una
semana, feliz de estar libre, y mi primer inquilino que se fue a vivir allí, era un profesor
universitario de la localidad. Luego de pagar la cuota de la hipoteca, expensas, y gastos
administrativos, me quedaban en el bolsillo menos de 40 dólares al final de cada mes. Nada
excitante.
Un año más tarde, el inactivo mercado inmobiliario de Oregon había comenzado a mejorar. Los
inversores de California, forrados con dinero proveniente de su mercado de bienes raíces aún
en expansión, se estaban moviendo hacia el norte comenzando a comprar en Oregon y
Washington.
Vendí la casita en u$s 95.000 a una joven pareja de California que pensó que era una ganga.
Mi ganancia de capital, de aproximadamente u$s 40.000, fue protegida por el diferimiento de
impuestos por permuta 1.031, y salí a buscar alguna propiedad en la cual invertir mi dinero.
Luego de un mes, encontré una casa de apartamentos de doce unidades, cercana a la planta
de Intel en Beaverton, Oregorl. Los dueños vivían en Alemania, no tenían idea de lo que valía
el lugar y, nuevamente, sólo querían desligarse de él. Les ofrecí u$s 275.000 por un edificio de
u$s 450.000. Aceptaron por u$s 300.000. Lo compré, y lo conservé por dos años.
Utilizando el mismo proceso 1031 por permuta, vendimos la propiedad en u$s 495.000 y
compramos un edificio de apartamentos en Phoenix, Arizona. Nos habíamos mudado a Phoenix
en ese entonces para alejarnos de la lluvia, y de todas maneras necesitábamos vender. A1
igual que el mercado anterior de Oregon, el mercado inmobiliario de Phoenix estaba
deprimido. El precio por un edificio de apartamentos de treinta unidades en Phoenix era de u$s
875.000, con u$s 225.000 de anticipo. El flujo de efectivo por la renta de esas unidades era de
algo más que u$s 5.000 por mes. El mercado de Arizona comenzaba a levantarse y, en 1996,
un inversor de Colorado nos ofreció u$s 1.200.000 por la propiedad.
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