ALUCINOGENIA
Dean Koontz
Se despertó antes que ella y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del
mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar. Se inclinó hacia la mesilla, tomó un cigarrillo del
paquete casi vacío, lo encendió y se sentó en la cama. Trató de no pensar en las fuerzas que envolverían
su cabeza, en los siniestros y dolorosos poderes que estarían rugiendo allí. En la oscuridad, intentó pensar
en otra cosa.
La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el
campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna,
que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera, que semejaba un tajo negro
sobre la blanqueada tierra. Indudablemente, los calefactores de la carretera se habían estropeado de
nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando des de el margen. Anticuadas palas quitanieves
trataban de despejarla.
Sueños cenicientos esparciéndose en copos
descienden flotando pacíficamente;
mientras monstruos relampagueantes, armados con espadas
golpean cruelmente el cerebro
y extienden sus uñas,
sobre el hielo...
No estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Posiblemente era el efecto de su estado de ánimo.
Lo repitió en voz baja. Tendría que recordarlo, pulirlo y, quién sabe, quizá lo incluyese en su próximo libro.
Al cabo de un rato volvió a mirar a Laurie. Tenía la cara pálida, y los ojos cerrados y rodeados de
pequeñas arrugas. Le pasó la mano por el suave pelo negro que se extendía sobre la almohada. Ella lanzó
un gemido y oyó cómo se precipitaba el aire fuera de su pecho.
Respiraba cada vez con más dificultad. El, decidido a empezar esta vez sin titubeos, se levantó y se
puso los pantalones y la camisa.
—¡Frank! —dijo ella.
—Lo sé.
Abandonó la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.
—Sacaré el coche del garaje —dijo Frank.
—¿Y la nieve?
—Parecen tenerla bajo su control. No te preocupes; te recogeré en la puerta, dentro de cinco minutos.
—Te quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía en la sala.
Su voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como aquél. Cogió una linterna y el
revólver, que estaban en el cajón de las herramientas. Al salir de la casa, se guardó el arma en el bolsillo y
aspiró el aire frío; parecía cortarle los pulmones, pero lo acabó de despejar. La senda que conducía desde
la casa al garaje estaba sin limpiar y la nieve alcanzaba allí de treinta a treinta y cinco centímetros de
espesor. La cruzó; escuchaba los ligeros silbidos del viento y el lejano gemido de las máquinas que
batallaban contra las fuerzas de la naturaleza. La puerta del garaje se abrió al influjo de su huella digital
sobre la cerradura. Se metió en el coche, lo puso en marcha y empezó a salir, en tanto empujaba la nieve
con el parachoques trasero. Luego hizo funcionar los calefactores de ambos parachoques. Con el problema
de Laurie, tenía que estar a punto para salir en cualquier momento, sin importarle el tiempo ni la
temperatura, y aunque los calefactores para derretir la nieve fueran un suplemento caro, eran necesarios.
Cuando apareció, frente a la puerta de la casa, ella ya estaba esperándole. Subió y se acurrucó junto a
él.
—¿Adonde?
—A cualquier sitio deshabitado —murmuró su vocecita—. Date prisa, por favor. Esta vez, el ataque va a
ser realmente malo.
Se derretía la nieve a medida que avanzaban; cuando llegaron a la autopista el coche tomó el desvío
que salía de la ciudad. Entonces él dejó el control del auto al piloto automático, mientras besaba y
acariciaba las mejillas de Laurie.
Diez minutos más tarde, mientras el coche bajaba una rampa, una de las luces del piloto empezó a
bizquear para avisarle de que tenía que tomar el control manual. En algún lugar del coche, comenzó a sonar
un zumbador por la misma razón. Dobló a la izquierda, por una carretera secundaria bastante menos
despejada de nieve que la superautopista. El hielo avanzaba sobre sus bordes y la dejaba reducida, en
muchos sitios, a la mitad de su anchura. Mantuvo el acelerador a fondo, casi peligrosamente.