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El Amante de Lady Chatterley D.H.Lawrence
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Y los ejércitos eran absurdos, y los carcamales de los generales más aún,
especialmente el abotargado de Kitchener. Incluso la guerra era absurda,
aunque con la ventaja de que mataba a no poca gente.
En realidad todo era algo absurdo, o muy absurdo: desde luego todo lo
relacionado con la autoridad, fuera ejército, gobierno o universidades, era
absurdo y no poco. Y en la medida en que la clase gobernante tenía
cualquier pretensión de gobernar, era también absurda. Sir Geoffrey, el
padre de Clifford, era intensamente absurdo, talando sus árboles y
escardando hombres de su mina de carbón para echarlos al fogón de la
guerra; y él mismo, tan asentado y patriótico; gastando además en su país
más dinero del que tenía.
Cuando la señorita Chatterley -Emma- vino de los Midlands a Londres
para algo de enfermera, hacía, de forma sutil, bromas constantes sobre Sir
Geoffrey y su decidido patriotismo. Herbert, el hermano mayor y heredero,
se reía abiertamente a pesar de que eran sus árboles los que se estaban
cortando para las tropas francesas. Pero Clifford simplemente apuntaba una
sonrisa incómoda. Todo era absurdo, es verdad. Pero ¿y si se iba demasiado
lejos y uno también llegaba a ser absurdo...? Por lo menos la gente de otra
clase, como Connie, tomaba en serio algo. Creía en algo.
Tomaban en serio a los soldados y a la amenaza del alistamiento
forzoso y la escasez de azúcar y caramelos para los niños. De todas estas
cosas, desde luego, las autoridades tenían absurdamente la culpa. Pero
Clifford no podía tomar esto en serio. Para él las autoridades eran ridículas
ab ovo, no por el caramelo o los soldados.
Y las autoridades se sentían absurdas y se comportaban de forma un
tanto absurda, y todo era momentáneamente como el cumpleaños del tonto
del pueblo. Hasta que las cosas fueron allí a más, y Lloyd George vino a
salvar la situación. Esto llegó a superar incluso el absurdo; el joven rebelde
dejó de reírse.
En 1916 Herbert Chatterley murió en la guerra, así que Clifford se
convirtió en heredero. Incluso esto le aterrorizaba. Su importancia como hijo
de Sir Geoffrey, y criatura de Wragby, le había llegado tan a la raíz que
nunca escaparía de ello. Y, sin embargo, sabía que también esto, a los ojos
del vasto mundo en ebullición, era absurdo. Heredero ahora, y responsable
de Wragby. ¿No era horrible y espléndido y al mismo tiempo, quizás,
puramente sin sentido?
Sir Geoffrey no tenía sitio para el absurdo. Estaba pálido, en tensión,
remetido en sí y obstinadamente decidido a salvar a su país y su propia
posición, fuera con Lloyd George o cualquier otro. Tan desconectado estaba,
tan divorciado de la Inglaterra que era realmente Inglaterra, tan
extremadamente incapaz, que incluso tenía buena opinión de Horatio
Bottomley. Sir Geoffery defendía a Inglaterra y a Lloyd George como sus
antepasados habían defendido a Inglaterra y a San Jorge: y nunca supo
darse cuenta de la diferencia. Así que Sir Geoffrey talaba los árboles y
defendía a Inglaterra y Lloyd George, Lloyd George e Inglaterra.
Y quería que Clifford se casara y tuviera un heredero. Clifford creía
que su padre era un anacronismo sin remedio. ¿Pero, en qué estaba él ni un
centímetro más adelantado, excepto en un impaciente sentido de lo absurdo