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El Amante de Lady Chatterley D.H.Lawrence
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se daba cuenta de las cosas ni tenía contacto con lo que le rodeaba. Ya en la
habitación, echó una vaga mirada a las hermosas reproducciones alemanas
de Renoir y Cezanne.
-Es una habitación muy agradable -dijo con una sonrisa forzada,
como si le doliera sonreír, enseñando los dientes-. Es una buena idea
haberse instalado en el último piso.
-Sí, también a mí me lo parece -dijo ella.
Su habitación era la única agradable y moderna de la casa, el único
lugar de Wragby en que se descubría su personalidad. Clifford no la había
visto nunca y ella invitaba a muy poca gente a subir.
Ella y Michaelis estaban sentados en ese momento a ambos lados de
la chimenea y conversaban. Ella le preguntó por sí mismo, su madre, su
padre, sus hermanos:..; los demás siempre le interesaban y cuando se
despertaba su simpatía perdía por completo el sentido de clase. Michaelis
hablaba con franqueza sobre sí mismo, con toda franqueza, sin afectación,
poniendo simplemente al descubierto su alma amarga e indiferente de perro
callejero y mostrando luego un reflejo de orgullo vengativo por su éxito.
-Pero ¿por qué es usted un ave tan solitaria? le preguntó Connie; y él
volvió a mirarla con su mirada avellana, intensa, interrogante.
-Algunas aves son así -contestó él.
Y luego, con un deje de ironía familiar:
-Pero, escuche, ¿y usted misma? ¿No es usted algo así como un ave
solitaria también?
Connie, algo sorprendida, lo pensó un momento y . luego dijo:
-¡Sólo en parte! ¡No tanto como usted!
-¿Soy yo un ave absolutamente solitaria? -preguntó él con su extraña
mueca risueña, como si tuviera dolor de muelas; era tan retorcida, y sus
ojos eran tan perennemente melancólicos, o estoicos, o desilusionados, o
asustados...
-¿Por qué? -dijo ella, faltándole un tanto el aliento mientras le miraba-. Sí
que lo es, ¿no?
Se sentía terriblemente atraída hacia él, hasta el punto de casi perder
el equilibrio.
-¡Sí, tiene usted razón! -dijo él, volviendo la cabeza y mirando a un
lado, hacia abajo, con esa extraña inmovilidad de las viejas razas que
apenas se encuentra en nuestros días. Era aquello lo que le hacía a Connie
perder su capacidad de verlo como algo ajeno a ella misma.
El levantó los ojos hacia ella con aquella mirada intensa que lo veía
todo y todo lo registraba. Al mismo tiempo el niño que lloraba en la noche
gemía desde su pecho hacia ella, de una forma que producía una atracción
en su vientre mismo.
-Es muy amable que se preocupe por mí -dijo él lacónicamente.
-¿Por qué no iba a hacerlo? -dijo ella, faltándole casi el aliento para
hablar.
El rió con aquella risa torcida, rápida, sibilante. --Ah, siendo así...
¿Puedo cogerle la mano un segundo? -preguntó él repentinamente, clavando
sus ojos en ella con una fuerza casi hipnótica y dejando emanar una
atracción que la afectaba directamente en el vientre.