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El Amante de Lady Chatterley D.H.Lawrence
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Connie estaba enamorada de él, pero se las arregló para mantenerse
al margen con su bordado, para dejar hablar a los hombres y no delatarse.
En cuanto a Michaelis, era perfecto; exactamente el mismo joven
melancólico, atento y distante de la tarde anterior; a millones de grados de
divergencia de sus anfitriones, reaccionando el mínimo exigido y sin salir a
su encuentro ni una sola vez. Connie pensaba que habría olvidado lo
sucedido por la mañana. No lo había olvidado. Pero sabía dónde estaba...;
en el mismo lugar, a la intemperie, donde permanecen los marginados de
nacimiento. No consideraba hacer el amor como algo personal. Sabía que no
le llevaría de ser un perro callejero a quien todo el mundo echa en cara su
collar dorado- a ser un perro de buena sociedad.
En definitiva, en el fondo más remoto de su alma, era un marginado
antisocial e interiormente aceptaba su situación, por muy Bond Street que
fuera en la superficie. Su aislamiento era para él una necesidad; del mismo
modo que la resignación y la compañía de las clases altas eran también una
necesidad para él.
Pero el amor ocasional, como bálsamo y alivio, era también positivo, y
en eso no era ingrato. Al contrario, se mostraba ardiente y angustiosamente
agradecido por un rasgo de cariño natural y espontáneo: hasta llegar casi a
las lágrimas. Bajo su cara pálida, inmóvil, sin ilusión, su alma de niño
gemía de gratitud hacia la mujer y la necesidad imperiosa de volver a estar
con ella; al mismo tiempo que su alma de fugitivo se daba cuenta de que
realmente no iba a dejarse atrapar.
Encontró la oportunidad, mientras encendían las velas del vestíbulo,
de decirle:
-¿Puedo subir?
-Yo iré a su habitación -dijo ella.
-¡Muy bien¡
La esperó durante mucho tiempo... y al final llegó. Era una clase de
amante tembloroso y excitado cuya crisis llegaba pronto y terminaba. En su
cuerpo desnudo había algo curiosamente infantil e indefenso: como son los
niños cuando están desnudos. Todas sus defensas estaban en su ingenio y
en su astucia, su profundo instinto para la astucia, y cuando no estaba en
guardia parecía doblemente desnudo, como un niño de carnes inacabadas y
blandas que forcejea desesperadamente.
Despertaba en la mujer una especie de salvaje compasión y nostalgia
y un deseo físico desbocado y lleno de ansiedad. Aquel deseo físico no era
capaz de satisfacerlo él; él llegaba siempre a su orgasmo y terminaba con
rapidez para luego recogerse sobre el pecho de ella y recobrar en cierto modo
su insolencia, mientras Connie permanecía confusa, insatisfecha, perdida.
Pero pronto aprendió a sujetarle, a mantenerle dentro de ella cuando
su crisis había terminado. Y entonces era generoso y curiosamente potente;
permanecía erecto dentro de ella, abandonado, mientras ella seguía activa...
ferozmente, apasionadamente activa hasta llegar a su propia crisis. Y
cuando él sentía el frenesí de ella al llegar a la satisfacción del orgasmo
producido por su firme y erecta pasividad, experimentaba un curioso
sentimiento de orgullo y satisfacción.