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El Amante de Lady Chatterley D.H.Lawrence
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-Oh, más o menos, lo reconozco. Un hombre tiene que hacer eso para
abrirse camino. Pero no es ése el asunto. El asunto es hasta qué punto un
hombre puede hacer feliz a una mujer. ¿Puede o no hacerla inmensamente
feliz? Si no puede, no tiene derecho a la mujer...
Se detuvo y la miró con sus ojos avellanados, casi hipnóticamente.
-Pero yo creo -añadió- que puedo hacer a una mujer más feliz de lo
que ella se imaginaría nunca. Creo que puedo garantizarlo.
-¿Y qué clase de felicidad? -preguntó Connie, mirándole todavía con
una especie de asombro que parecía emoción, pero sin sentir nada en
realidad.
-¡De todo tipo, leches, de todo tipo! Ropa, joyas hasta un cierto punto,
cualquier club nocturno que te guste, conocer a quien te dé la gana, vivir al
día..., viajar y ser alguien en cualquier parte... Coño, cualquier cosa.
Hablaba casi con las luminarias del triunfo, y Connie le miraba como
si se sintiera deslumbrada, pero sin sentir nada en absoluto. No había
siquiera un vago cosquilleo en la superficie de su mente como respuesta al
maravilloso panorama que él le ofrecía. La más externa de sus superficies,
que en cualquier otro momento se habría sentido halagada por la oferta,
permanecía impasible. No despertaba en ella ningún sentimiento, no
«encendía su mecha». Sólo seguía allí sentada poniendo cara de dejarse
impresionar, pero sin experimentar sentimiento alguno, si se exceptúa que
en algún lugar olía la peste desagradable de la diosa bastarda del éxito.
Mick estaba con los nervios en tensión, echado hacia adelante en la
silla y mirándola casi histéricamente: es difícil decir si deseando por vanidad
que ella dijera ¡sí! o asustado por el temor de oír ¡sí! como respuesta.
-Tendría que pensarlo -dijo ella-. No podría contestar ahora. Pudiera
dar la impresión de que Clifford no me importa, pero me importa mucho.
Hay que tener en cuenta que no es capaz de hacer nada solo...
-¿Y qué demonios importa todo eso? ¡Si vamos a ganarnos la vida con
nuestras miserias, yo podría empezar a quejarme de mi soledad, de que
nadie me ha hecho caso nunca, de mis «paso las noches en vela llorando por
ti»! Qué pena, cuando alguien sólo tiene su invalidez como defensa...
Se volvió a un lado, agitando furiosamente las manos en los bolsos del
pantalón. Al atardecer le dijo:
-Esta noche vas a venir a mi habitación, ¿no? Ni siquiera tengo idea
de dónde está la tuya.
-¡De acuerdo! -dijo ella.
Aquella noche fue un amante más intranquilo con su frágil desnudez
de niño. Connie no pudo llegar a su crisis antes de que él hubiera realmente
alcanzado la suya. Y logró despertar en ella una cierta pasión llena de deseo
con su suavidad y desnudez infantil; después que él hubo terminado tuvo
que persistir ella en el salvaje tumulto y palpitación de sus lomos, mientras
él se mantenía heroicamente erecto y presente en ella con toda su voluntad
y desprendimiento hasta que Connie llegó a su crisis entre inconscientes
grititos.
Cuando luego salió de ella dijo con una vocecita amarga, casi
despreciativa:
-No podías terminar al mismo tiempo que un hombre, ¿no? ¡Tenías
que terminar por tu cuenta! ¡Montar el número!