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El Amante de Lady Chatterley D.H.Lawrence
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Italia. ¡Espera! No tenía prisa con el niño. Aquél era asunto suyo, privado, el
único en que, a su manera femenina y retorcida, era seria hasta lo más
profundo. ¡No iba a arriesgarse con el primero que llegara; ella no! Podía
una embarcarse con un amante casi en cualquier momento, pero un
hombre que iba a hacerte un hijo... ¡Espera! ¡Espera! Eso es harina de otro
costal. «Ve a las calles y callejones de Jerusalén... » No era cuestión de amor;
era cuestión de un hombre. Ni siquiera importaba que fuera un hombre a
quien casi se odiara personalmente. Y aun así, si aquél era el hombre, ¿qué
importaba el odio personal? Era un asunto concerniente a otro
departamento de una misma.
Había llovido como de costumbre y los caminos estaban demasiado
empapados para la silla de Clifford, pero Connie iba a salir. Ahora salía sola
todos los días, casi siempre al bosque, donde estaba realmente sola. Donde
no veía a nadie.
Aquel día, sin embargo, Clifford quería enviar un aviso al guarda, y
como el mozo estaba en cama con gripe -siempre tenía alguien que tener
gripe en Wragby-, Connie dijo que ella pasaría por la casa del guarda.
El aire estaba blando y muerto, como si el mundo fuera agonizando
lentamente. Gris, pegajoso y mudo, libre incluso del traqueteo de la mina;
los pozos estaban haciendo jornadas reducidas, y aquel día habían parado
por completo. ¡El fin del mundo!
En el bosque todo estaba inerte e inmóvil, sólo gruesas gotas cayendo
de los troncos desnudos en un vacío chapoteo. El resto, en mezcla con los
viejos árboles, era capa tras capa de gris, inercia sin remedio, silencio, nada.
Connie andaba sin ganas. Del viejo bosque emanaba una antigua
melancolía, algo sedante, mejor que la dura insensibilidad del mundo
exterior. Le gustaba el interiorismo de lo que quedaba del bosque, la muda
reticencia de los viejos árboles. Parecían las potencias del silencio, y aun así,
era una presencia vital. También ellos esperaban: obstinadamente,
estoicamente, esperando y efluyendo la fuerza del silencio. Quizás
esperaban sólo el final; que los cortaran, se los llevaran; el fin del bosque,
para ellos el fin de todas las cosas. Pero quizás su silencio fuerte y
aristocrático, el silencio de los árboles llenos de fuerza, significaba algo
diferente.
Cuando salió del bosque por el lado norte, la casa del guarda, una
casita oscura de piedra parda, techo inclinado y elegante chimenea, parecía
deshabitada de tan silenciosa y solitaria. Pero un hilo de humo salía del
hogar y el pequeño jardín vallado del frente estaba cultivado y muy limpio.
La puerta estaba cerrada.
Ahora que estaba allí la invadía la timidez ante la presencia del
hombre con sus ojos curiosos y penetrantes. No le gustaba ir a transmitirle
órdenes y tuvo ganas de volverse. Llamó suavemente; no abrió nadie. Volvió
a llamar, pero todavía con suavidad. No hubo respuesta. Fisgó por la
ventana y vio la pequeña habitación en penumbra, con su intimidad casi
siniestra, rechazando la invasión.
Se detuvo y escuchó; le pareció percibir ruidos en la parte trasera.
Tras el fracaso para hacerse oír se sintió picada en el amor propio, dispuesta
a no dejarse vencer.