Librodot
El Amante de Lady Chatterley D.H.Lawrence
________________________________________________________________________
58
58
-Deberías encontrar una enfermera o alguien que te cuide
personalmente. En realidad deberías tener un ayuda de cámara -dijo Hilda
mientras tomaban café tras la cena en un ambiente de aparente calma. Ella
hablaba en su estilo suave y aparentemente cortés, pero para Clifford era
como si le estuviera dando en la cabeza con un mazo.
-¿Tú crees? -dijo fríamente.
-¡Estoy segura! Es necesario. O eso, o papá y yo nos tendremos que
llevar a Connie por unos meses. Esto no puede seguir.
-¿Qué es lo que no puede seguir?
-¿Pero no te has fijado en la criatura? -preguntó Hilda mirándole de
lleno a los ojos. En aquel momento Clifford parecía un enorme langostino'
cocido; al menos eso pensaba ella.
-Connie y yo discutiremos el asunto -dijo él.
-Yo ya lo he discutido con ella -dijo Hilda.
Clifford había estado durante mucho tiempo en manos de enfermeras;
las detestaba porque le privaban de cualquier tipo de intimidad. ¡Y un ayuda
de cámara...! No podía soportar tener a un hombre alrededor. Casi mejor
una mujer, la que fuera. ¿Pero por qué no Connie?
Las dos hermanas se pusieron en marcha por la mañana. Connie,
acurrucada al lado de Hilda, que llevaba el volante, parecía un cordero de
Pascua. Sir Malcolm estaba fuera, pero la casa de Kensington estaba
abierta.
El doctor examinó cuidadosamente a Connie y le hizo todo tipo de
preguntas sobre su vida.
-A veces veo su fotografía y la de Sir Clifford en las revistas ilustradas.
Son casi dos celebridades, ¿no? Eso es lo que pasa con las buenas chicas
cuando crecen, aunque usted sigue siendo una niña a pesar de las revistas
ilustradas. ¡No, no! Orgánicamente está todo bien, pero no podemos seguir
así. ¡No se puede!
Dígale a Sir Clifford que tiene que traerla a Londres, o llevarla al extranjero y
distraerla. ¡Tiene usted que divertirse, es necesario! Su vitalidad está
demasiado deprimida; no le quedan reservas ningunas. Los nervios del
corazón están ya en un estado muy extraño: absolutamente. Nervios, eso es
todo; un mes en Cannes o en Biarritz la dejaría nueva. Pero esto hay que
acabarlo, hace falta un cambio, se lo aseguro, o no respondo de las
consecuencias. Está usted malgastando su vida sin renovarla. Tiene que
distraerse, divertirse bien y sanamente. Está usted gastando su vitalidad sin
adquirir vitalidad ninguna. Esto no puede seguir así, ¿me entiende?
¡Depresión! ¡Evite la depresión!
Hilda apretó las mandíbulas, un gesto excesivo para ella.
Michaelis se enteró de que estaban en Londres y se presentó
corriendo, con rosas.
-¿Pero qué es lo que pasa? -exclamó-. Eres una sombra de ti misma.
¡En mi vida he visto un cambio así! ¿Por qué no me has contado nada?
¡Vente conmigo a Niza! ¡Vamos a Sicilia! Decídete, ven conmigo a Sicilia.
Ahora es una maravilla estar allí. ¡Te falta sol! ¡Te falta vida! ¡Te estás
dejando estropear! ¡Vente conmigo! Iremos a África. ¡Al cuerno con Sir
Clifford! Déjale plantado y vente conmigo. Me casaré contigo en cuanto él se
divorcie. ¡Vente y tratemos de vivir! ¡Santo cielo! Ese sitio, Wragby, mataría a