IX. EL DOLOR ANIMAL
Y, en efecto, todos los nombres puestos por el hombre a
los animales vivientes, esos son sus nombres propios.
Génesis II, 19.
Para descubrir qué es natural, hemos de estudiar los
seres que se mantienen fieles a su naturaleza y no
aquellos que han sido corrompidos.
ARISTÓTELES. Política, I, v, 5.
Hasta aquí el sufrimiento humano; pero todo este tiempo "un lamento de herida inocente
traspasa el cielo". El problema del sufrimiento animal causa consternación; no porque los
animales sean tan numerosos (ya que, como hemos visto, cuando un millón sufre no se
siente más dolor que cuando sufre uno solo), sino porque la explicación cristiana al dolor
humano no puede extenderse al dolor animal. Hasta donde sabemos, las bestias son
incapaces ya sea de pecado o virtud; por lo tanto, no pueden merecer dolor, ni ser
mejoradas por él. Al mismo tiempo, jamás debemos permitir que el problema del sufrimiento
animal se convierta en el centro del problema del dolor; no porque no sea importante —
cualquiera sea lo que proporcione fundamentos posibles para cuestionar la bondad de Dios,
es por cierto muy importante—, sino porque está fuera del alcance de nuestro conocimiento.
Dios nos ha entregado información que nos permite, en cierto grado, entender nuestro
propio sufrimiento. Él no nos ha entregado tal información acerca de las bestias. No
sabemos ni por qué fueron hechas ni qué son, y todo lo que decimos acerca de ellas es
especulativo. A partir de la teoría de que Dios es bueno, podemos confiadamente deducir
que la apariencia de despreocupada crueldad divina en el reino animal, es una ilusión; y el
hecho de que el único sufrimiento que conocemos de primera mano (el nuestro) resulte no
ser una crueldad, nos hará más fácil creer esto. Después de eso, todo es conjeturas.
Podemos comenzar por descartar algunas de las exageraciones pesimistas propuestas
en el primer capítulo. El hecho de que las vidas vegetales se "devoren" unas a otras y se
encuentren en un estado de "despiadada" competencia, no tiene importancia moral alguna.
La "vida" en el sentido biológico nada tiene que ver con el bien y el mal, hasta que aparece
la capacidad de sentir. Las propias palabras "devoren" y "despiadada" son simples
metáforas. Wordsworth creía que cada flor "gozaba el aire que respira", pero no hay razón
para suponer que estaba en lo cierto. Sin lugar a dudas, las plantas vivientes reaccionan a
los daños a modo diferente de la materia inorgánica; pero un cuerpo humano anestesiado
reacciona más diferentemente aún, y esas reacciones no prueban la capacidad de sentir.
Estamos, por supuesto, justificados al hablar de la muerte o daño de una planta, como si
fuese una tragedia, siempre que sepamos que estamos usando una metáfora. Proporcionar
símbolos para las experiencias espirituales puede ser una de las funciones de los mundos
mineral y vegetal. Pero no debemos convertirnos en víctimas de nuestra metáfora. Un
bosque en el cual la mitad de los árboles está matando a la otra mitad, puede ser
perfectamente un "buen" bosque; ya que su bondad consiste en su utilidad y belleza, y no
siente.