Sin embargo, si nuestra fuerte convicción de que existe una personalidad real —aun
cuando rudimentaria— en los animales superiores, y especialmente en aquellos que
domesticamos, no es una ilusión, su destino exige una consideración algo más profunda. El
error que debemos evitar es el considerarlos en sí mismos. Al hombre solamente se le debe
comprender en su relación con Dios. Las bestias han de comprenderse solamente en su
relación con el hombre, y a través del hombre, con Dios. Debemos cuidarnos aquí de uno de
aquellos conjuntos intransmutables de pensamiento ateo que perduran con frecuencia en
las mentes de los creyentes. Los ateos consideran con naturalidad la coexistencia del
hombre con los demás animales como mero resultado fortuito de hechos biológicos en
interacción, y la domesticación de un animal por parte de un hombre, como una interferencia
puramente arbitraria de una especie con otra. El animal "real" o "natural" para ellos, es el
salvaje, y el animal domesticado es algo artificial o no natural. Pero un cristiano no puede
pensar de esta manera. Al hombre le fue asignado por Dios el ejercer dominio sobre las
bestias, y todo aquello que el hombre haga a un animal es, ya sea una práctica legítima, o
un abuso sacrílego, de una autoridad ejercida por derecho divino. Por lo tanto, el animal
domesticado es, en el sentido más profundo, el único animal "natural", el único al que vemos
ocupar el lugar para el que fue hecho, y es en el animal domesticado que debemos basar
toda nuestra doctrina acerca de las bestias. Ahora bien, se verá que en la medida en que el
animal domesticado tenga un yo o personalidad real, se la debe casi enteramente a su amo.
Si un buen perro ovejero parece "casi humano", es porque un buen pastor lo ha hecho así.
Ya he indicado la fuerza misteriosa de la palabra "en". No tomo todos los sentidos de ésta
en el Nuevo Testamento como idénticos, de manera que el hombre esté en Cristo, y Cristo
en Dios, y el Espíritu Santo en la Iglesia, y también en el creyente individual, exactamente
en el mismo sentido. Pueden más bien ser sentidos que rimen o correspondan, en lugar de
ser un solo sentido. Ahora voy a sugerir —aunque con una gran disposición a ser corregido
por teólogos verdaderos— que puede existir un sentido, aun cuando no idéntico, que
corresponda a éstos, en el cual aquellas bestias que logran una personalidad real, estén en
sus maestros. Es decir, usted no debe pensar en una bestia en sí, y llamar a eso una
personalidad y luego preguntar acaso Dios levantará y bendecirá aquello. Debe tomar el
contexto completo en el cual la bestia adquiere su personalidad —es decir, "el amo y el ama
de la casa gobernando a sus hijos y sus bestias en la buena heredad". El contexto total se
puede considerar como un "cuerpo" en el sentido paulino (o cercanamente subpaulino); y,
¿quién puede predecir cuánto de ese "cuerpo" puede ser levantado junto con el amo y ama
de la casa? Probablemente, tanto como sea necesario no solamente para la gloria de Dios y
la bienaventuranza de la pareja humana, sino para aquella gloria particular y aquella
bienaventuranza particular que está teñida eternamente por esa experiencia terrena
particular. Y de esta manera me parece posible que ciertos animales puedan poseer una
inmortalidad, no en ellos mismos, sino en la inmortalidad de sus amos; y la dificultad acerca
de la identidad personal en una creatura apenas personal desaparece cuando la creatura se
mantiene de esta manera en su propio contexto. Si usted pregunta, con respecto a un
animal elevado de este modo a miembro del Cuerpo completo de la heredad, dónde reside
su identidad personal, yo le respondo, "donde su identidad siempre residió, incluso en la
vida terrenal —en su relación con el Cuerpo y, especialmente, con el amo que es la cabeza
del Cuerpo". En otras palabras, el hombre conocerá a su perro; el perro conocerá a su amo
y, al conocerlo, será el mismo. Preguntar si debiera conocerse de cualquier otra manera, es
probablemente preguntar por aquello que no tiene significado. Los animales no son así, y no
desean serlo. Mi imagen del buen perro ovejero en la buena heredad no se extiende, por
supuesto, a los animales salvajes
ni (un asunto aún más urgente) a los animales domésticos
maltratados. Pero se ha intentado solamente como una ilustración tomada de una instancia
privilegiada —la que es también, a mi manera de ver, la única instancia normal y no
pervertida— de los principios generales que se deben acatar al formular una teoría acerca
de la resurrección de los animales. Creo que los cristianos pueden, con toda razón, dudar
que alguna bestia sea inmortal, por dos razones. En primer lugar, porque temen, al atribuir a
las bestias un "alma" en el sentido completo, opacar la diferencia entre bestia y hombre, que
es tan aguda en la dimensión espiritual como confusa y problemática en la biológica. Y en