ver, ¿qué vas a decir ahora para que no te dé? ¡No me interrumpas! -le atajó en
seguida Alicia,
amenazándole con el dedd-: ¡voy a enumerarte todas tus faltas! Primera:
chillaste dos veces mientras Dina te estaba lavando la cara esta mañana; no
pretenderás negarlo, so fresco, que bien que te oí! ¿Qué es eso que estás
diciendo? (haciendo como que oía lo que el gatito le decía) ¿que si te metió la
pata en un ojo? Bueno, pues eso también fue por tu culpa, por no cerrar bien el
ojo... si no te hubieses empeñado en tenerlo abierto no te habría pasado nada,
¡ea! ¡Y basta ya de excusas: escúchame bien! Segunda falta: cuando le puse a
Copito de nieve su platito de leche, fuiste y la agarraste por la cola para que
no pudiera bebérsela. ¿Como?, ¿que tenías mucha sed?, bueno, ¿y acaso ella no?
¡Y ahora va la tercera: desenrollaste todo un ovillo de lana cuando no estaba
mirando!
-¡Van ya tres faltas y todavía no te han castigado por ninguna! Bien sabes que
te estoy reservando todos los castigos para el miércoles de la próxima semana...
¿Y qué pasaría si me acumularan a mi todos mis castigos, -continuó diciendo,
hablando más consiogo misma que con el minino, -qué no me harían a fin de año?
No tendrían más remedio que mandarme a la cárcel supongo, el día que me tocaran
todos juntos. O si no, veamos... supongamos que me hubieran castigado cada vez a
quedarme sin cenar; entonces cuando llegara el terrible día en que me tocara
cumplir todos los castigos ¡me tendría que quedar sin cenar cincuenta comidas!
Bueno, no creo que eso me importe tantísimo. ¡Lo prefieío a tener que comérmelas
todas de una vez!
-¿Oyes la nieve golpeando sobre los cristales de la ventana, gatito? ¡Qué sonido
más agradable y más suave! Es como si estuvieran dándole besos al cristal por
fuera. Me pregunto si será por amor por lo que la nieve besa tan delicadamente a
los árboles y a los campos, cubriéndolos luego, por decirlo así, con su manto
blanco; y quizá les diga también «dormid ahora, queridos, hasta que vuelva de
nuevo el verano»; y cuando se despiertan al llegar el verano, gatito, se visten
todos de verde y danzan ligeros... siempre al vaivén del viento. ¡Ay, qué cosas
más bonitas estoy diciendo! -exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para batir
palmas, -¡Y cómo me gustaría que fuese así de verdad! ¡Estoy
segura de que los bosques tienen aspecto somnoliento en el otoño, cuando las
hojas se les ponen doradas!
-Gatito ¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que te lo estoy
preguntando en serio! Porque cuando estábamos jugando hace un ratito nos estabas
mirando como si de verdad comprendieras el juego; y cuando yo dije «jaque» ¡te
pusiste a ronronear! Bueno, después de todo aquel jaque me salió bien bonito...
y hasta creo que habría ganado si no hubiera sido por ese perverso alfil que
descendió cimbreándose por entre mis piezas. Minino, querido, juguemos a que tú
eres... y al llegar a este punto me gustaría contaros aunque sólo fuera la mitad
de todas las cosas que a Alicia se le ocurrían cuando empezaba con esa frase
favorita de «juguemos a ser...» Tanto que ayer estuvo discutiendo durante largo
rato con su hermana sólo porque Alicia había empezado diciendo «juguemos a que
somos reyes y reinas»; y su hermana, a quien le gusta ser siempre muy precisa,
le había replicado que cómo iban a hacerlo si entre ambas sólo podían jugar a
ser dos, hasta que finalmente Alicia tuvo que zanjar la cuestión diciendo -
Bueno, pues tu puedes ser una de las reinas, y yo seré todas las demás-. Y otra
vez, le pegó un susto tremendo a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al
oído --¡Aya! ¡Juguemos a que yo soy una hiena hambrienta y tu un jugoso hueso!
Pero todo esto nos está distrayendo del discurso de Alicia con su gatito: -
¡Juguemos a que tu eres la Reina roja, minino! ¿Sabes?, creo que si te sentaras
y cruzaras los brazos te parecerías mucho a ella. ¡Venga, vamos a intentarlo!
Así me gusta... -Y Alicia cogió a la Reina roja de encima de la mesa y la colocó
delante del gatito para que viera bien el modelo que había de imitar; sin
embargo, ]a cosa no resultó bien, principalmente porque como dijo Alicia, el
gatito no quería cruzarse de brazos en la forma apropiada. De manera que, para
castigarlo, lo levantó para que se viera en el espejo y se espantara de la cara
tan fea que estaba poniendo... -y si no empiezas a portarte bien desde ahora
mismo -anadió- te pasaré a través del cristal y te pondré en la casa del espejo!
¿Cómo te gustaría eso?