-Ahora que si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, gatito, te contaré
todas mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el cuarto que se ve
al otro lado del espejo y que es completamente igual a nuestro salón, sólo que
con todas las cosas dispuestas a la inversa... todas menos la parte que está
justo del otro lado de la chimenea. ¡Ay, cómo me gustaría ver ese rincón! Tengo
tantas ganas de saber si también ahí encienden el fuego en el invierno... en
realidad, nosotros, desde aquí, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro
fuego empieza a humear, porque entonces también sale humo del otro lado, en ese
cuarto... pero eso puede ser sólo un engaño para hacernos creer que también
ellos tienen un fuego encendido ahí. Bueno, en todo caso, sus libros se parecen
a los nuestros, pero tienen las palabras escritas al revés: y eso lo sé porque
una vez levanté uno de los nuestros al espejo y entonces los del otro cuarto me
mostraron uno de los suyos.
-¿Te gustaría vivir en la casa del espejo, gatito? Me pregunto si te darían
leche allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para beber... pero
¡ay, gatito, ahí está ya el corredor! Apenas si puede verse un poquitifo del
corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de nuestro salón abierta de
par en par: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al nuestro
sólo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay, gatito, qué
bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy segura que ha
de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna manera de
atravesar el espeio; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una
gasa de forma que pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si parece que se
está empañando ahora mismo y convirtiéndose en una especie de niebla!! ¡Apuesto
a que ahora me sería muy fácil pasar a través! --Mientras decía esto, Alicia se
encontró con que estaba encaramada sobre la repisa de la chimenea, aunque no
podía acordarse de cómo había llegado hasta ahí. Y en efecto, el cristal del
espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las manos de Alicia, como si
fuera una bruma plateada y brillante.
Un instante más y Alicia había pasado a través del cristal y saltaba con
ligereza dentro del cuarto del espejo. Lo primero que hizo fue ver si había un
fuego encendido en su chimenea y con gran satisfacclon comprobó que,
efectivamente, había allí uno, ardiendo tan brillantemente como el que había
dejado tras de sí -De forma que estaré aquí tan calentita como en el otro cuarto
-pensó Alicia-más caliente aún, en realidad, porque aquí no habrá quien me
regañe por acercarme demasiado al fuego. ¡Ay, qué gracioso va a ser cuando me
vean a través del espejo y no puedan alcanzarme!
Entonces empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo
que podía verse desde el antiguo salón era bastante corriente y de poco interés,
pero que todo lo demás era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros que
estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el
mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo
sólo se le puede ver la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un
viejecillo que la miraba sonriendo con picardía.
-Este salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro-pensó Alicia, al ver
que varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas entre las cenizas del hogar;
pero al momento siguiente, y con un «¡ah!» de sorpresa, Alicia se agachó y a
cuatro patas se puso a contemplarlas: ¡las piezas del ajedrez se estaban
paseando por ahí de dos en dos!
-Ahí están el Rey rojo y la Reina roja -dijo Alicia muy bajito por miedo de
asustarlos, -y allá están el Rey blanco y la Reina blanca sentados sobre el
borde de la pala de la chimenea... y por ahí van dos torres caminando del
brazo... No creo que me puedan oír continuó Alicia-y estoy casi segura de que no
me pueden ver. Siento como si en cierto modo me estuviera volviendo invisible.
En ese momento algo que estaba sobre la mesa detrás de Alicia empezó a dar unos
agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo a tiempo para ver como uno de
los peones blancos rodaba sobre la tapa e iniciaba una notable pataleta: lo
observó con gran curiosidad para ver qué iba a suceder luego.
-¡Es la voz de mi niña! -gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba