hacia donde estaba su criatura, dándole al Rey un empellón tan violento que lo
lanzó rodando por entre las cenizas. -¡Mi precioso lirio! ¡Mi imperial minina!-
y empezó a trepar como podía por el guardafuegos de la chimenea.
-¡Necedades imperiales!- bufó el Rey, frotándose la nariz que se había herido al
caer y, desde luego, tenía derecho a estar algo irritado. con la Reina pues
estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza.
Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a la pobre
pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de
vociferar, se apresuró a auxiliar a la Reina; cogiendola con la mano y
levantándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita.
La Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por los aires la
había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que
abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla
le gritó al Rey, que seguía sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas -
¡Cuidado con el volcán!
-¿Qué volcán?- preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la
chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar
uno.
-Me... lanzó... por... los aires-jadeó la Reina, que aún no había recobrado del
todo el aliento. -Procura subir aquí arriba... por el camino de costumbre... ten
cuidado... ¡No dejes que una explosión te haga volar por los aires!
Alicia observó al Rey blanco mientras este trepaba trabajosamente de barra en
barra por el guardafuegos, hasta que por fin le dijo -¡Hombre! A ese paso vas a
tardar horas y horas en llegar encima de la mesa. ¿No sería mejor que te ayudase
un poco?- pero el Rey siguió adelante sin prestarle la menor atención: era
evidente que no podía ni oírla ni verla. Así pues, Alicia lo cogió muy
delicadamente y lo levantó por el aire llevándolo hacia la mesa mucho más
despacio de lo que había hecho con la Reina, para no sobresaltarlo; pero antes
de depositarlo en ella quiso aprovechar para limpiarlo un poco pues estaba
realmente cubierto
de cenizas. Más tarde Alicia diría que nunca en toda su vida había visto una
cara como la que puso el Rey entonces, cuando se encontró suspendido en el aire
por una mano invisible que además le estaba quitando el polvo: estaba demasiado
atónito para emitir sonido alguno, pero se le desorbitaban los ojos y se le iban
poniendo cada vez más redondos mientras la boca se le abría más y más; a Alicia
empezó a temblarle la mano de la risa que le estaba entrando de verlo así y
estuvo a punto de dejarlo caer al suelo.
-¡Ay, por Dios, no pongas esa cara, amigo! -exclamó olvidandose por completo de
que el Rey no podía oírla.
-¡Me estás haciendo reir de tal manera que apenas si puedo sostenerte con la
mano! ¡Y no abras tanto la boca que se te va a llenar de cenizas!... ¡Vaya! Ya
parece que está bastante limpio -añadió mientras le alisaba los cabellos y lo
depositaba al lado de la Reina.
El Rey se dejó caer inmediatamente de espaldas y se quedó tan quieto como pudo;
Alicia se alarmó entonces un poco al ver las consecuencias de lo que había hecho
y se puso a dar vueltas por el cuarto para ver si encontraba un poco de agua
para rociársela. Lo único que pudo encontrár, sin embargo, fue una botella de
tinta y cuando volvió con ella a donde estaba el Rey se encontró con que ya se
había recobrado y estaba hablando con la Reina; ambos susurraban atemorizados y
tan quedamente que Alicia apenas si pudo oír lo que se decían.
El Rey estaba entonces diciéndole a la Reina: -¡Te aseguro, querida, que se me
helaron hasta las puntas de los bigotes!
A lo que la Reina le replicó: -¡Pero si no tienes ningún bigote! -iNo me
olvidaré jamás, jamás -continuó el Rey-del horror de aquel momento espantoso!
-Ya verás como sí lo olvidas -convino la Reina-si no redactas pronto un
memorandum del suceso.
Alicia observó con mucho interés cómo el Rey sacaba un enorme
cuaderno de notas del bolsillo y empezaba a escribir en él. Se le ocurrió
entonces una idea irresistible y cediendo a la tentación se hizo con el extremo
del lápiz, que se extendía bastante más allá por encima del hombro del Rey, y
empezó a obligarle a escribir lo que ella quería.