-Creo que iré a su encuentro -dijo Alicia, porque aunque las flores tenían
ciertamente su interés, le pareció que le traería mucha más cuenta conversar con
una auténtica reina.
-Así no lo lograrás nunca -le señaló la rosa-Si me lo preguntaras a mí,
te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria. Esto le pareció a
Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a responder nada se
dirigió al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y con gran sorpresa
por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontró caminando
nuevamente en dirección a la puerta de la casa.
Con no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la
Reina por todas partes (acabó vislumbrándola a buena distancia de ella) pensó
que esta vez intentaría seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección
contraria.
Esto le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante
cosa de un minuto, se encontró cara a cara con la Reina roja y además a plena
vista de la colina que tanto había deseado alcanzar.
-¿De dónde vienes? -le preguntó la Reina-y ¿adónde vas? Mírame a los ojos, habla
con tino y no te pongas a juguetear con los dedos. Alicia observó estas tres
advertencias y explicó lo mejor que pudo que había perdido su camino.
-No comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina-,
porque todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí...; pero, en todo caso -
añadió con tono más amable-, ¿qué es lo que te ha traído aquí?. Y haz el favor
de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: así ganas
tiempo para pensar.
Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía demasiado
impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que decía.
-Probaré ese sistema cuando vuelva a casa -pensó-, a ver qué resultado me da la
próxima vez que llegue tarde a cenar.
-Es tiempo de que contestes a mi pregunta -declaró la Reina roja mirando su
reloj-. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a mí diciendo siempre «Su
Majestad».
-Sólo quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad... -¡Así me
gusta! -declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no
le gustaron nada-aunque cuando te oigo llamar a esto
«jardín»... ¡He visto jardines a cuyo lado esto no parecería más que un erial!
Alicía no se atrevió a discutir esta afirmación, sino que siguió explicando: -
...y pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la cumbre
de aquella colina...
-Cuando te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podría enseñarte montes a cuyo
lado esa sólo parecería un valle!
-Eso sí que no lo creo -dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que
contradiciendo a la Reina-. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy
pequeña que sea; eso sería un disparate...
La Reina roja negó con la cabeza: -Puedes considerarlo un dísparate, si quieres
-dijo-, ¡pero yo te digo que he oido disparates a cuyo lado éste tendría más
sentido que todo un diccionario!
Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho esto le hizo
temer que estuviese un poquito ofendida; y así caminaron en silencio hasta que
llegaron a la cumbre del montecillo.
Durante algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir palabra, mirando el
campo en todas direcciones...
¡Y qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban
en línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que quedaban entre ellos
estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a
orilla.
-¡Se diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez -
diio Alicia al fin-. Debiera de haber algunos hombres moviéndose por algún
lado... y ¡ahí están! -añadió alborozada, y el corazón empezó a latirle con
fuerza a medida que iba percatándose de todo-. ¡Están jugando una gran partida
de ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!..., bueno, siempre que estemos
realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me