gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me ímportaría ser un peón con
tal de que me dejaran jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una
reina. Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero su
compañera sólo sonrió amablemente y dijo: -Pues eso es fácil de arreglar. Si
quieres, puedes ser el peón de la Reina blanca, porque su pequeña, Lirio, es
demasiado niña para jugar; ya sabes que has de empezar a jugar desde la segunda
casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina... -pero
precisamente en este momento, sin saber muy bien cómo, empezaron a correr
desaladas. Alicia nunca pudo explicarse, pensándolo luego, cómo fue que empezó
aquella carrera; todo lo que recordaba era que corrían cogidas de la mano y de
que la Reina corría tan velozmente que eso era lo único que podía hacer Alicia
para no separarse de ella; y aún así la Reina no hacía más que jalearla
gritándole: «¡Más rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no
podia correr más velozmente, le faltaba el aliento para decírselo.
Lo más curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban alrededor
de ellas nunca variaban de lugar: por más rápido que corrieran nunca lograban
pasar un solo objeto.
«-¿Será que todas las cosas se mueven con nosotras?» -se preguntó la
desconcertada Alicia.
Y la Reina pareció leerle el pensamiento, pues le gritó: -¡Más rápido! ¡No
trates de hablar!
Y no es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si no fuera a
poder hablar nunca más en toda su vida, tan sin aliento se sentía. Y aún así la
Reina continuaba jaleándola: -¡Más! ¡Más rápido! -y la arrastraba en volandas.
-¿Estamos llegando ya? -se las arregló al fin Alicia para preguntar. -¿Llegando
ya? -repitió la Reina-. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez
minutos! ¡Más rapido! -y continuaron corriendo durante algún rato más, en
silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba a Alicia en los oídos y
parecía querer arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le
pareció a Alicia.
-¡Ahora, ahora! -gritó la Reina-. ¡Más rápido, más rápido! Y fueron tan rápido
que al final parecía como si estuviesen deslizándose por los aires, sin apenas
tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando Alicia ya creía que no
iba a poder más, pararon y se encontró sentada en el suelo, mareada y casi sin
poder respirar.
La Reina la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente: -Ahora
puedes descansar un poco.
Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa. -Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos
estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!
-¡Pues claro que sí! -convino la Reina-. Y ¿cómo si no? -Bueno, lo que es en mi
país -aclaró Alicia, jadeando aún bastantecuando se corre tan rápido como lo
hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra
parte...
-¡Un país bastante lento! -replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves, hace
falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se
quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.
-No, gracias; no me gustaría intentarlo -rogó Alicia-; estoy muy a gusto aquí...
sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed...
-¡Ya sé lo que tú necesitas! -declaró la Reina de buen grado, sacándose una
cajita del bolsillo-. ¿Te apetece una galleta?
A Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, aunque no era
en absoluto lo que hubiese querido en aquel momento. Así que aceptó el
ofrecimiento y se comió la galleta tan bien como pudo, ¡y qué seca estaba! ¡No
creía haber estado tan a punto de ahogarse en todos los días de su vida!
-Bueno, mientras te refrescas -continuó la Reina-, me dedicaré a señalar algunas
distancias.
Y sacando una cinta de medir del bolsillo empezó a jalonar el terreno, colocando
unos taquitos de madera, a modo de mojones, por aquí y por allá.
-Cuando haya avanzado dos metros -dijo, colocando un piquete para
marcar esa distancia-te daré las instrucciones que habrás de seguir... ¿Quieres
otra galleta?