-Será mejor que baje por el otro lado -dijo después de pensarlo un rato-que a
los elefantes ya tendré tiempo de visitarlos más tarde. Además, ¡tengo tantas
ganas de llegar a la tercera casilla!
Así que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de
los seis arroyos.
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-¡Billetes, por favor! -pidió el inspector, asomando la cabeza por la
ventanilla. En seguida todo el mundo los estaba exhibiendo: tenían más o menos
el mismo tamaño que las personas y desde luego parecían ocupar todo el espacio
dentro del vagón.
-¡Vamos, niña! ¡Enséñame tu billete! -insistió el inspector mirando enojado a
Alicia. Y muchas otras voces dijeron todas a una (-Como si fuera el estribillo
de una canción -pensó Alicia) -¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo
vale mil libras por minuto!
-Siento decirle que no llevo billete -se excusó Alicia con la voz alterada por
el temor-: no había ninguna oficina de billetes en el lugar de donde vengo.
Y otra vez se reanudó el coro de voces: -No había sitio para una oficina de
billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale a mil libras la
pulgada!
-¡No me vengas con esas excusas! -dijo el inspector-Debieras haber comprado uno
al conductor.
Y otra vez el coro de voces reanudó su cantilena: -El conductor de la locomotora
¡como que sólo el humo que echa vale a mil libras la bocanada!
Alicia se dijo a sí misma -Pues en ese caso no vale la pena decir nada-. Esta
vez las voces no corearon nada, puesto que no había hablado, pero con gran
sorpresa de Alicia lo que si hicieron fue pensar a coro (y espero que entendáis
lo que eso quiere decir... pues he de confesar que lo que es yo, no lo sé). -
Tanto mejor no decir nada. ¡Que el idioma está
ya a mil libras la palabra! -A este paso, ¡estoy segura de que voy a estar
soñando toda la noche con esas dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! -pensó
Alicia.
El inspector la había estado contemplando todo este tiempo, primero a través de
un telescopio, luego por un microscopio y por último con unos gemelos de teatro.
Para terminar, le dijo -Estás viajando en dirección contraria -y fuese, cerrando
sin más la ventanilla.
-Una niña tan pequeña -sentenció un caballero que estaba sentado enfrente de
Alicia (y que estaba todo él vestido de papel blanco)debiera de saber la
dirección que lleva, ¡aunque no sepa su propio nombre!
Una cabra que estaba sentada al lado del caballero de blanco, cerró los ojos y
dictaminó con voz altisonante, -Debiera conocer el camino a la oficina de
billetes, ¡aunque no sepa su abecé!
Sentado al lado de la cabra iba un escarabajo (el vagón aquel iba desde luego
ocupado por unos pasajeros harto extraños) y como parecía que la regla era la de
que hablasen todos por turno, ahora a éste le tocó continuar diciendo, -¡Tendrá
que volver de aquí facturada como equipaje!
Alicia no podía ver quién estaba sentado más allá del escarabajo, pero sí pudo
oír cómo una voz enronquecida la emprendía diciendo también algo: -¡Cambio de
máquina...! -fue todo lo que pudo decir porque se le cortó la voz.
-Por la manera que tiene de hablar no sé si decir que es un caballo bronco o un
gallo -pensó Alicia. Y una vocecita extremadamente ligera le dijo, muy cerca, al
oido -Podrías si quisieras hacer un chiste con eso, algo así como «al caballo le
ha salido un gallo».
Entonces, otra voz muy suave dijo en la lejanía -Ya sabéis, habrá que ponerle
una etiqueta que diga «Frágil, niña dentro; con cuidado». Después de esto, otras
voces también intervinieron (-¡Cuánta gente parece haber en este vagón! -pensó
Alicia) diciendo -Habrá que remitirla por correo, ya que lleva un traje
estampado... habrá que mandarla por telégrafo... que arrastre ella misma el tren
en lo que queda
de camino... -y así hasta la saciedad). Pero el caballero empapelado de blanco
se inclinó hacia ella y le susurró al oído -No hagas caso de lo que están