diciendo, querida: te bastará con sacar un billete de retorno cada vez que el
tren se detenga.
-¡Eso sí que no! -respondió Alicia con bastante impaciencia-. Nunca tuve la
menor intención de hacer este viaje por tren... hasta hace sólo un momento
estaba tan tranquila en un bosque... y ahora ¡cómo me gustaría poder volver ahí
de nuevo!
-Podrías hacer un chiste con eso -volvió a insinuar esa vocecilla que parecía
tener tan cerca suyo-; algo así como «pudiera si gustase o gustaría si pudiese»,
ya sabes.
-¡Deja ya de fastidiar! -dijo Alicia, mirando en derredor para ver de dónde
provenía la vocecilla-. Si tienes tantas ganas de que haga un chiste, ¡por qué
no lo haces tú misma!
La pequeña vocecilla dio un hondo suspiro. Estaba muy disgustada, evidentemente,
y a Alicia le hubiera gustado decirle algo amable para consolarla -Si sólo
suspirara como todo el mundo... -pensó. Pero no, aquel había sido un suspiro tan
maravillosamente imperceptible que no lo hubiera oído nunca si no estuviera tan
cerca de su oído. Lo que tuvo la consecuencia de hacerle muchas cosquillas y
esto fue lo que la distrajo de pensar en el disgusto de la pobre y diminuta
criatura.
-Yo ya sé que eres una persona amiga -continuó diciendo la vocecilla-: una buena
amiga mía y de hace mucho tiempo, además. Por eso sé que no me harás daño,
aunque sea un insecto.
-¿Qué clase de insecto? -preguntó Alicia con cierta ansiedad. En realidad, lo
que le preocupaba era si podía o no darle un pinchazo, sólo que le pareció que
no sería de muy buena educación preguntárselo así directamente.
-¡Cómo! ¿Entonces es que a ti no... -empezó a decir la vocecilla, pero
cualquiera que fuese su explicación, quedó ahogada por un estridente silbato de
la locomotora; todo el mundo saltó alarmado de sus asientos y Alicia también con
los demás.
El caballo, que había asomado la cabeza por la ventanilla, la volvió a
meter tranquilamente y dijo -No es más que un arroyo que tenemos que saltar. -
Todo el mundo pareció quedar satisfecho con esta explicación, pero Alicia no las
tenía todas consigo ante la idea de que el tren se pusiese a dar saltos. -Aunque
si así llegamos a la cuarta casilla ¡creo que valdría la pena probarlo! -
concluyó para sus adentíos. Al momento siguiente sintió cómo el vagón se elevaba
por los aires y con el susto que esto le dio se agarró a lo que tuviera más
cerca y dio la casualidad de que esto fue la barba de la cabra.
Pero la barba pareció disolverse en el aire al tocarla y Alicia se encontró
sentada tranquilamente bajo un árbol... mientras el mosquito (pues no era otra
cosa el insecto con el que había estado hablando) se balanceaba sobre una rama
encima de su cabeza y la abanicaba con sus alas.
Ciertamente que se trataba de un mosquito bien grande. -Tendrá el tamaño de una
gallina -pensó Alicia.
De todas formas, no se iba a poner nerviosa ahora, después de que había estado
charlando con él durante tanto rato como si nada. -¿... entonces, a ti no te
gustan todos los insectos? -continuó su pregunta el mosquito, como si no hubiera
pasado nada.
-Me gustan cuando pueden hablar -respondió Alicia-. En el lugar de donde yo
vengo no hay ninguno que hable.
-¿Cuáles son los insectos que te encantan -le preguntó el mosquito-en el país de
donde vienes?
-A mí no me encanta ningún insecto -explicó Alicia-, porque me dan algo de
miedo... al menos los grandes. Pero, en cambio, puedo decirte los nombres de
algunos.
-Por supuesto que responderán por sus nombres -observó descuidadamente el
mosquito.
-Nunca me lo ha parecido. -Entonces, ¿de qué sirve que tengan nombres, si no
responden cuando los llaman?
-A ellos no les sirve de nada -explicó Alicia-, pero sí les sirve a las