Muy pronto llegó a un campo abierto con un bosque al fondo: parecía mucho más
oscuro y espeso que el anterior y Alicia se sintió algo atemorizada de
adentrarse en él. Pero, después de pensarlo, se sobrepuso y decidió continuar
adelante: -Porque desde luego no voy a volverme atrás -decidió mentalmente; y
además era la única manera de llegar a la octava casilla.
-Este debe ser el bosque -se dijo, preocupada-en el que las cosas carecen de
nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando entre en él? No me gustarfa
perderlo en absoluto... porque en ese caso tendrían que darme otro y estoy
segura de que sería uno feísimo. Pero si asi fuera ¡lo divertido será buscar a
la criatura a la que la hayan dado el mío! Seria igual que en esos anuncios de
los periódicos que pone la gente que pierde a sus perros... «responde por el
nombre de 'Chispa'; lleva un collar de bronce...» ¡Qué gracioso sería llamar a
todo lo que viera «Alicia» hasta que algo o alguien respondiera! Sólo que si
supieran lo que es bueno se guardarían mucho de hacerlo.
Estaba argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del bosque: tenía un
aspecto muy fresco y sombreado.
-Bueno, al menos vale la pena -dijo mientras se adentraba bajo los árboles-,
después de haber pasado tanto calor, entrar aquí en este... en este... ¿en este
qué? -repetía bastante sorprendida de no poder acordarse de cómo se llamaba
aquello-. Quiero decir, entrar en el ... en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro!
-afirmó al fin, apoyándose con una mano sobre el tronco de un árbol-. ¿Cómo se
llamará todo esto? Estoy empezando a pensar que no tenga ningún nombre... ¡Como
que no se llama de ninguna manera!
Se quedó parada ahí pensando en silencio y continuó súbitamente sus
cavilaciones: -Entonces, ¡la cosa ha sucedido de verdad, después de todo! Y
ahora, ¿quién soy yo? ¡Vaya que si me acordaré! ¡Estoy decidida a hacerlo! -Pero
de nada le valía toda su determinación y todo lo que pudo decir, después de
mucho hurgarse la memoria, fue -L. ¡Estoy segura de que empieza por L!
En ese preciso momento se acercó un cervato a donde estaba Alicia; se puso a
mirarla con sus tiernos ojazos y no parecía estar asustado en absoluto. -iVen!
¡Ven aquí! -le llamó Alicia, alargando la mano e intentando acariciarlo; pero el
cervato se espantó un poco y apartándose unos pasos se la quedó mirando.
-¿Cómo te llamas tú? -le dijo al fin, y ¡qué voz más dulce que tenía! -¡Cómo me
gustaría saberlo! -pensó la pobte Alicia; pero tuvo que confesar, algo
tristemente: -No me llamo nada, por ahora.
-¡Piensa de nuevo! -insistió el cervato, porque así no vale. Alicia pensó, pero
no se le ocurría nada. -Por favor, ¿me querrías decir cómo te llamas tú? -rogó
tímidamente-. Creo que eso me ayudaría un poco a recordar.
-Te lo diré si vienes conmigo un poco más allá -le contestó el cervato porque
aquí no me puedo acordar.
Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazada tiernamente al cuello
suave del cervato, hasta que llegaron a otro campo abierto; pero, justo al salir
del bosque, el cervato dio un salto por el aire y se sacudió del brazo de
Alicia. -¡Soy un cervato! -gritó jubilosamente-, y tú... ¡Ay de mí! ¡Si eres una
criatura humana! -Una expresión de pavor le nubló los hermosos ojos marrones y
al instante salió de estampia.
Alicia se quedó mirando por donde huía, casi a punto de romper a llorar, tal era
la pena que le había causado perder tan súbitamente a un compañero de viaje tan
amoroso -En todo caso -dijo-al menos ya me acuerdo de cómo me llamo, y eso me
consuela un poco: Alicia... Alicia... y ya no he he de olvidar. Y ahora, vamos a
ver cuál de esos postes indicadores he de seguir, ¿por dónde habré de ir?
No era una cuestión demasiado difícil de resolver, pues sólo había un
camino por el bosque y los dos postes señalaban, con los índices de sus dos
manos indicadoras, en la misma dirección. -Lo decidiré -se dijo Alicia-cuando el
camino se bifurque y señalen en direcciones contrarias.
Pero aquello no tenía trazas de suceder. Siguió adelante, andando y andando,
durante un buen trecho y, sin embargo, cada vez que el camino se bifurcaba,
siempre se encontraba con los mismos indicadores, los índices de sus respectivas
manos apuntando en la misma dirección. Uno decía:
A CASA DE TWEEDLEDUM