encontraron los tres bailando en corro. Esto le pareció entonces a Alicia de lo
más natural (según recordaría más tarde) e incluso no le sorprendió nada oír un
poco de música; parecía que provenía de algún lugar dentro del árbol bajo el
cual estaban danzando y (por lo que pudo entrever) parecía que la estaban
tocando sus mismas ramas, frotándose las unas contra las otras como si fueran
arcos y violines.
-¡Sí que tenía gracia aquello -solía decir Alicia cuando le contaba luego a su
hermana toda esta historia-encontrarme de pronto cantando en corrillo «que
llueva, que llueva, la vieja está en la cueva»! La cosa es que no sé exactamente
cuándo empecé a hacerlo, pero entonces ¡sentía como si lo hubiese estado
cantando durante mucho, mucho tiempo! Como los otros dos bailarines eran gordos,
pronto se quedaron sin aliento. -Cuatro vueltas son suficientes para esta danza
-jadeó trabajosamente Tweedledum; y dejaron de bailar tan súbitamente como
habían empezado; también se interrumpió la música al mismo tiempo. Ambos
soltaron entonces las manos de Alicia y se la quedaron contemplando durante un
minuto: se produjo una pausa un tanto azarante, pues Alicia no sabía cómo
iniciar una conversación con unas personas con las que acababa de estar
bailando. -Este sí que no es el momento de decir «hola, ¿como estás?» - se dijo
a s i misma. Me parece que ya hemos superado esta etapa.
-Espero que no estéis demasiado cansados -dijo Alicia al fin. -¡De ninguna
manera! Pero mil gracias por tu interés -contestó Tweedledum.
-¡Muy agradecido!- añadió Tweedledee. -Te gusta la poesía? -Pues... si,
bastante... algunos poemas -dijo Alicia sin mucha convicción.- ¿Querríais
decirme qué camino he de tomar para salir del bosque?
-¿Qué te parece que le recite?- preguntó Tweedledee volviéndose hacia Tweedledum
con una cara muy seria y sin hacer el menor caso a la pregunta de Alicia.
-«La morsa y el carpintero», que es lo más largo que te sabes-replicó
Tweedledum, dando a su hermano un tierno abrazo.
Tweedledee comenzó en el acto:
¡Brillaba el sol...! Pero Alicia se atrevió a interrumpirle: -Si va a ser muy
largo-dijo tan cortésmente como pudo -¿no querríais decirme primero por qué
camino...?
Tweedledee sonrió amablemente y empezó de nuevo:
¡Brillaba el sol sobre la mar! Con el fulgor implacable de sus rayos se
esforzaba, denodado, por aplanar y alisar las henchidas ondas;
y sin embargo, aquello era bien extraño pues era ya más de media noche.
La luna rielaba con desgana pues pensaba que el sol no tenía por qué estar ahí
después de acabar el dia... ¡Qué grosero! -decia con un moh¡n, -¡venir ahora a
fastidiarlo todo!
La mar no podía estar más mojada ni más secas las arenas de la playa; no se veía
ni una nube en el firmamento porque, de hecho, no habict ninguna; tampoco
surcaba el cielo un solo pájaro pues, en efecto, no quedaba ninguno.
La morsa y el carpintero se paseaban cogidos de la mano: lloraban,
inconsolables, de la pena de ver tanta y tanta arena.
¡Si sólo la aclararan un poco, qué maravillosa sería la playa!
-Si siete fregonas con siete escobas la barrieran durante medio año, ¿te parece
-indagó la morsa atentaque lo dejarían todo bien lustrado? -Lo dudo-confesó el
carpintero y lloró una amarga lágrima.
¡Oh ostras! ¡Venid a pasear con nosotros! requirió tan amable, la morsa.
-Un agradable paseo, una pausada charla por esta playa salitrosa:
mas no vengáis más de cuatro que más de la mano no podriamos.
Una venerable ostra le echó una mirada pero no dijo ni una palabra.
Aquella ostra principal le guiñó un ojo y sacudió su pesada cabeza...
Es gue quería decir que prefería no dejar tan pronto su ostracismo.