Pero otras cuatro ostrillas infantes se adelantaron ansiosas de regalarse:
limpios los jubones y las caras bien lavadas los zapatos pulidos y brillantes;
y esto era bien extraño pues ya sabéis que no tenían pies.
Cuatro ostras más las siguieron y aún otras cuatro más; por fin vinieron todas a
una más y már y más... brincando por entre la espuma de la rompiente se
apresuraban a ganar la playa.
La morsa y el carpinrero caminaron una milla, más o menos, y luego reposaron
sobre una roca de conveniente altura; mientras, las otras las aguardaban
formando, expectantes, en fila.
-Ha llegado la hora -dijo la morsade que hablemos de muchas cosas:
de barcos... lacres... y zapatos; de reyes... y repollos...
y de por qué hierve el mar tan caliente y de si vuelan procaces los cerdos.
-Pero ¡esperad un poco!- gritaron las ostras y antes de charla tan sabrosa
dejadnos recobrar un poco el aliento ¡que estamos todas muy gorditas!
-¡No hay prisa!- concedió el carpintero y mucho le agradecieron el respiro.
-Una hogaza de pan -dijo la morsa-, es lo que principalmente necesitamos:
pimienta y vinagre, además, tampoco nos vendrán del todo mal... y ahora,
¡preparaos, ostras queridas!, que vamos ya a alimentarnos.
-Pero, ¡no con nosotras!- grítaron las ostras poniéndose un poco moradas;
-¡que después de tanta amabilidad eso sería cosa bien ruin!
-La noche es bella -admiró la morsa-¿no te impresiona el paisaje?
-¡Qué amables habéis sido en venir! iY qué ricas que sois todas!
Poco decía el carpintero, salvo -¡Córtame otra rebanada de pan!, Y ojalá no
estuvieses tan sordo que, ¡ya lo he tenido gue decir dos veces!
-¡Qué pena me da -exclamó la morsahaberles jugado esta faena!
¡Las hemos traído tan lejos y trotaron tanto las pobres! Mas el carpintero no
decía nada, salvo -¡Demasiada manteca has untado!
-¡Lloro por vosotras!- gemía la morsa. -¡Cuánta pena me dais!- seguía lamentando
y entre lágrimas y sollozos escogía las de tamaño más apetecible; restañaba con
generoso pañuelo esa riada de sentidos lagrimones.
-¡Oh, ostras!- dijo al fin el carpintero. -¡Qué buen paseo os hemos dado!, ¿os
parece ahora que volvamos a casita?Pero nadie le respondía...
y esto sí que no tenía nada de extraño, pues se las habían zampado todas.
De los dos el que más me gusta es la morsa -comentó Alicia-porque al menos a esa
le daban un poco de pena las pobres ostras.
-Sí, pero en cambio, comió más ostras que el carpintero -corrigió Tweedledee-
resulta que tapándose con el pañuelo se las iba zampando sin que el carpintero
pudiera contarlas sino, ¡por el contrario!
-¡Eso si que está mal! -exclamó Alicia indignada-. En ese caso, me gusta más el
carpintero... siempre que no haya comido más ostras que la morsa.
-Pero en cambio se tragó todas las que pudo -terció Tweedledum. El dilema la
dejó muy desconcertada. Después de una pausa, Alicia concluyó: -¡Bueno! ¡Pues
ambos eran unos tipos de muy mala
catadura...!- Pero al decir esto se contuvo, algo alarmada al oír algo que
sonaba como el jadear de una gran locomotora en el interior del bosque que los
rodeaba, aunque lo que Alicia verdaderamente temía es que se tratase de alguna
bestia feroz. -Por casualidad, ¿hay leones o tigres por aquí cerca? -preguntó
tímidamente.
-No es más que el Rey rojo que está roncando -explicó TTweedledee. -¡Ven, vamos
a verlo! -exclamaron los hermanos y tomando cada uno una mano de Alicia la
condujeron a donde estaba el Rey.