Durante todo este tiempo, Tweedledee había estado intentando plegar su paraguas,
lo mejor que podía, consigo dentro: lo cual representaba una ejecución tan
extraordinaria que logró que Alicia se distrajera y olvidara por un momento a su
airado hermano. Pero no lo logró del todo y acabó rodando por el suelo,
enrollado en el paraguas, del que sólo le asomaba la cabeza: y ahí quedó,
abriendo y cerrando la boca, con los ojos muy abiertos...
-Pareciéndose más a un pez que a cualquier otra cosa -pensó Alicia. -
¡Naturalmente que estarás de acuerdo en que nos batamos en duelo! --dijo
Tweedledum con un tono un poco más tranquilo.
-Supongo que sí -dijo malhumorado el otro mientras salía del paraguassólo que,
ya sabes, ella tendrá que ayudarnos a vestir.
Así que los dos hermanos se adelantaron mano a mano en el bosque y volvieron de
allí al minuto con los brazos cargados de toda clase de cosas... tales como
cojines, mantas, esteras, manteles, ollas, tapaderas y cubos de carbón...
-Espero que tengas buena mano para sujetar con alfileres y atar con
cordeles -advirtió Tweedledee-porque hemos de ponernos todas y cada una de estas
cosas de la manera que sea.
Más tarde, Alicia solía comentar que nunca había visto un jaleo mayor que el que
armaron aquellos dos por tan poca cosa... y la cantidad de objetos que hubieron
de ponerse encima... y el trabajo que le dieron haciéndole atar cordeles y
sujetar botones... -La verdad es que cuando terminen se van a parecer más a dos
montones de ropa vieja que a cualquier otra cosa-se dijo Alicia, mientras se
afanaba por enrollar un cojín alrededor del cuello de Tweedledee, -para que no
puedan cortarme la cabeza -según dijo aquél.
-Ya sabes -añadió con mucha gravedad-que es una de las cosas más malas que le
pueden ocurrir a uno en un combate... que le corten a uno la cabeza.
Alicia rio con gusto, pero se las arregló para disimular las carcajadas con una
tosecita por miedo a herir sus sentimientos.
-¿Estoy algo pá]ido? -preguntó Tweedledum, acercándose para que le ciñera el
yelmo (yelmo, lo llamaba él, aunque pareciera más bien una cacerola...)
-Bueno... si... un poco -le aseguró Alicia con amabilidad. -La verdad es que
generalmente soy una persona de mucho valor --continuó Tweedledum en voz baja-:
lo que ocurre es que hoy tengo un dolor de cabeza...
-Y yo, ¡un dolor de muelas! -dijo Tweedledee que había oído el comentario-. Me
encuentro mucho peor que tú.
-En ese caso, sería mucho mejor que no os pelearais hoy -les dijo Alicia,
pensando que se le presentaba una buena oportunidad para reconciliarlos.
-No tenemos más remedio que batirnos hoy; pero no me importaría que no fuese por
mucho tiempo -dijo Tweedledum-. ¿Qué hora es? Tweedledee consultó su reloj y
respondió: -Son las cuatro y media. -Pues entonces, combatamos hasta las seis y
luego, ¡a cenar! -propuso Tweedledum.
-Muy bien -convino el otro, aunque algo taciturno-y ella, que presencie
el duelo... sólo que no se acerque demasiado a mí -añadió- porque cuando a mí se
me sube la sangre a la cabeza..., ¡vamos, que le doy a todo lo que veo!
-¡Y yo le doy a todo lo que se pone a mi alcance,lo vea o no lo vea! --gritó
Tweedledee.
-Pues si es así -rió Alicia-apuesto que habréis estado dándole a todos estos
árboles con mucha frecuencia.
Tweedledum miró alrededor con gran satisfacción. -Supongo -se jactóque cuando
hayamos terminado, ¡no quedará ni un sólo árbol sano a la redonda!
-¡Y todo por un sonajero! -exclamó Alicia que aún tenía esperanzas de que se
avergonzaran un poco de pelearse por tan poca cosa.
-No me habría importado tanto -se excusó Tweedledee-si no hubiera sido uno
nuevo.
-¡Cómo me gustaría que apareciera ahora el cuervo monstruoso! --pensó Alicia.
-No tenemos más que una espada, ya sabes -le dijo Tweedledum a su hermano así
que tú puedes usar el paraguas..., pincha igual de bien; sólo que más vale que
empecemos pronto porque se está poniendo todo muy negro.
-¡Y tan negro! -convino Tweedledee. Estaba oscureciendo tan velozmente que
Alicia pensó que se estaría acercando alguna tormenta. -¡Qué nube tan negra y