Pero incluso esta estratagema le falló: la «cosa» pasó tranquilamente a través
del techo, como si estuviera muy habituada a hacerlo.
-¿Eres una niña o una peonza? -dijo la oveja mientras se armaba con
otro par de agujas. -Vas a marearme si sigues dando tantas vueltas por ahí. -
Pero ya antes de terminar de hablar estaba tejiendo con catorce pares de agujas
a la vez y Alicia no pudo controlar su curiosidad y su asombro.
-¡¿Cómo podrá tejer al tiempo con tantas agujas?! -se preguntaba la niña,
desconcertada. -Y a cada minuto saca más y más..., ¡ni que fuera un puercoespín!
-¿Sabes remar? -le preguntó la oveja, pasándole un par de agujas de tejer
mientras le hablaba.
-Sí, un poco... pero no en tierra... y tampoco con agujas de tejer... --empezó a
excusarse Alicia cuando de pronto las que tenía en las manos empezaron a
convertirse en remos y se encontró con que estaban las dos abordo de un bote,
deslizándose suavemente por la orilla del río: de forma que no le quedaba más
remedio que intentarlo lo mejor que podía.
-¡Plumea! -le espetó la oveja, haciéndose con otro par de agujas. Esta
indicación no le pareció a Alicia que requiriera ninguna contestación, de forma
que no dijo nada y empuñó los remos. Algo muy raro le sucedía al agua, pensó,
pues de vez en cuando los remos se le quedaban agarrados en ella y a duras penas
lograba zafarlos.
-¡Plumea, plumea! -volvió a gritarle la oveja, tomando aún más agujas. --Que si
no vas a pescar pronto un cangrejo.
-¡Una monada de cangrejito! -pensó Alicia, ilusionada. -Eso sí que me gustaría.
-Pero, ¿es que no me oyes decir que «plumees»? -gritó enojada la oveja empuñando
todo un manojo de agujas.
-Desde luego que sí -repuso Alicia. -Lo ha dicho usted muchas veces... y además
levantando mucho la voz. Me querría decir, por favor, ¿dónde están los
cangrejos?
-¡En el agua, naturalmente! -contestó la oveja, metiéndose unas cuantas agujas
en el pelo, pues ya no le cabían en las manos. -¡Plumea, te digo! -Pero, ¿Por
qué me dice que «plumee» tantas veces? -preguntó Alicia, al fin, algo
exasperada. -¡No soy ningún pájaro!
-¡Sí lo eres! -le aseguró la oveja: -Eres un gansito. Esto ofendió un tanto a
Alicia, de forma que no respondió nada durante un minuto a dos, mientras la
barca seguía deslizándose suavemente por el agua, pasando a veces por entre
bancos de algas (que hacían que los remos se le quedaran agarrotados en el agua
más que nunca) y otras veces bajo la sombra de los árboles de la ribera, pero
siempre vigiladas desde arriba por las altas crestas de la ribera.
-¡Ay, por favor! ¡Ahí veo unos juncos olorosos! -exclamó Alicia en un súbito
arrebato de gozo: -¡De veras que lo son... y qué bonitos que están!
-No hace falta que me los pidas a mi «por favor» -respondió la oveja sin tan
siquiera levantar la vista de su labor: -no he sido yo quien los ha puesto ahí y
no seré yo quien se los vaya a llevar.
-No, pero lo que quiero decir es que si por favor pudiéramos detenernos a
recoger unos pocos -rogó Alicia-si no le importa parar la barca durante un
minuto.
-¿Y cómo la voy a parar yo? -replicó la oveja. -Si dejases de remar se pararía
ella sola.
Dicho y hecho, la barca continuó flotando río abajo, arrastrada por la
corriente, hasta deslizarse suavemente por entre los juncos, meciéndose sobre el
agua. Y entonces fue el arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos
hasta el codo, para recoger los juncos lo más abajo posible antes de
arrancarlos... y durante algún rato Alicia se olvídó de todo, de la oveja y de
su calceta, mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las
puntas de su pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los
ojos brillantes de deseo iba recogiendo manojo tras manojo de aquellos
deliciosos juncos olorosos.
-¡Ojalá que no vuelque la barca! -se dijo a sí misma. -¡Ay, qué bonito que es
aquél! Si sólo lo hubiera podido alcanzar... -y desde luego que era como para
enfadarse (-Porque casi parece que me lo están haciendo adrede... -pensó) el que