cuando te haya tocado oírlo por fin, te bastará ciertamente con esa vez. ¿Quién
te ha estado recitando esas cosas tan dificiles?
-Lo he leído en un libro -explicó Alicia. -Pero también me han recitado otros
poemas mucho más fáciles que ese; creo que fue Tweedledee..., si no me equivoco.
-¡Ah! En cuanto a poemas -dijo Humpty Dumpty, extendiendo elocuentemente una de
sus grandes manos-yo puedo recitar tan bien como cualquiera, si es que se trata
de eso...
-¡Oh, no es necesario que se trate de eso! -se apresuró a atajarle
Alicia, con la vana esperanza de impedir que empezara. -El poema que voy a
recitar -continuó sin hacerle el menor caso-fue escrito especialmente para
entretenerte.
A Alicia le parecío que en tal caso no tenía más remedio que escuchar; de forma
que se sentó y le dio unas «gracias» más bien resignadas.
En invierno, cuando los campos están blancos, canto esta canción en tu loor.
-Sólo que no la canto -añadió a modo de explicación. -Ya veo que no -dijo
Alicia.
-Si tu puedes ver si la estoy cantando o no, tienes más vista que la mayor parte
de la gente -observó severamente Humpty Dumpty. Alicia se quedó callada.
En primavera, cuando verdean los bosques, me esforzaré por decirte lo que pienso
Muchísimas gracias -dijo Alicia.
En verano, cuando los días son largos a lo mejor llegues a comprenderla.
En otoño, cuando las frondas lucen castañas, tomarás pluma y papel para
anotarla.
-Lo haré si aún me acuerdo de la letra después de tanto tiempo --prometió
Alicia.
-No es necesario que hagas esos comentarios a cada cosa que digo --recriminó
Humpty Dumpty-no tienen ningún sentido y me hacen perder
el hilo...
Mandéles a los peces un recado:
«¡Qué lo hicieran ya de una vez!»
Los pequeños pescaditos de la mar mandáronme una respuesta a la par.
Los pequeños pescaditos me decían: «No podemos hacerlo, señor nuestro,
porque...» -Me temo que no estoy comprendiendo nada -interrumpió Alicia. -Se
hace más fácil más adelante -aseguró Humpty Dumpty.
Otra vez les mandé decir: «¡Será mejor que obedezcáis!»
Los pescaditos se sonrieron solapados. «Vaya genio tienes hoy», me contestaron.
Se lo dije una vez y se lo dije otra vez. Pero nada, no atendían a ninguna de
mis razones.
Tomé una caldera grande y nueva, que era justo lo que necesitaba.
La llené de agua junto al pozo y mi corazón latía de gozo.
Entonces, acercándoseme me dijo alguien: «Ya están los pescaditos en la cama».
Le respondí con voz bien clara: «¡Pues a despertarlos dicho sea!»
Se lo dije bien fuerte y alto; fui y se lo grité al oído...
Humpty Dumpty elevó la voz hasta aullar casi y Alicia pensó con un ligero
estremecimiento: -¡No habría querido ser ese mensajero por nada del mundo!