Pero, ¡qué tipo más vano y engolado! Me dijo: «¡No hace falta hablar tan alto!»
¡Si que era necio el badulaque! «Iré a despertarlos» dijo «siempre que...» Con
un sacacorchos que tomé del estante fui a despertarlos yo mismo al instante.
Cuando me encontré con la puerta atrancada, tiré y empujé, a patadas y a
puñadas.
Pero al ver que la puerta estaba cerrada intenté luego probar la aldaba...
A esto siguió una larga pausa. -¿Eso es todo? -preguntó tímidamente Alicia. -Eso
es todo -dijo Humpty Dumpty. -¡Adiós! Esto le pareció a Alicia un tanto brusco;
pero después de una indirecta tan directa, concluyó que no sería de buena
educación quedarse ahí por más tiempo. De forma que se puso en pie y le dio la
mano: -¡Adiós y hasta que nos volvamos a ver! -le dijo de la manera más jovial
que pudo.
-No creo que te reconozca ya más, ni aunque nos volvieramos a ver --replicó
Humpty Dumpty con tono malhumorado, concediéndole un
dedo para que se lo estrechara de despedida. -Eres tan exactamente igual a todos
los demás...
-Por lo general, se distingue una por la cara -señaló Alicia pensativa. -De eso
es precisamente de lo que me quejo -rezongó Humpty Dumpty. -Tu cara es idéntica
a la de los demás..., ahí, un par de ojos... (señalando su lugar en el aire con
el pulgar), la nariz, en el medio, la boca debajo. Siempre igual. En cambio, si
tuvieras los dos ojos del mísmo lado de la cara, por ejemplo..., o la boca en la
frente..., eso sí que sería diferente.
-Eso no quedaría bien -objetó Alicia. Pero Humpty Dumpty sólo cerró los ojos y
respondió: -Pruébalo antes de juzgar.
Alicia esperó un minuto para ver si iba a hablar de nuevo; pero como no volviera
a abrir los ojos ni le prestara la menor atención, le dijo un nuevo «adiós» y no
recibiendo ninguna contestación se marchó de ahí sin decir más; pero no pudo
evitar el mascullar mientras se alejaba: -¡De todos los insoportables...! -y
repitió esto en voz alta, pues le consolaba mucho poder pronunciar una palabra
tan larga -¡de todos los insoportables que he conocido, éste es desde luego el
peor! Y... -pero nunca pudo terminar la frase, porque en aquel momento algo que
cayó pesadamente al suelo sacudió con su estrépito a todo el bosque.
EL LEON Y EL UNICORNIO Il momento comenzaron a acudir soldados corriendo desde
todas partes del bosque, primero de a dos y de a tres, luego en grupos de diez y
veinte, y finalmente en cohortes tan numerosas que parecían llenar el bosque
entero. Alicia se refugió tras un árbol por miedo a que fueran a atropellarla y
estuvo así viéndolos pasar.
Pensó que nunca habia visto en toda su vida soldados de píe tan poco firme:
constantemente estaban tropezando con una cosa u otra de la manera más torpe, y
cada vez que uno de ellos daba un traspiés y rodaba por el suelo, muchos otros
más caían detrás sobre él, de forma que al poco rato todo el suelo estaba
cubierto de soldados apisados en pequeños montones.
Entonces aparecieron los caballos. Como tenían cuatro patas, se las
arreglaban mejor que los soldados; pero incluso aquellos tropezaban de vez en
cuando y a juzgar por el resultado, parecía ser una regla bien establecida la de
que cada vez que tropezaba un caballo, su jinete debía de caer al suelo en el
acto. De esta manera, la confusión iba aumentando por momentos y Alícia se
alegró mucho de poder salir del bosque, por un lugar abierto en donde se
encontró con el Rey blanco sentado en el suelo, muy atareado escribiendo en su
cuaderno de notas. -¡Los he mandado a todos! -exclamó regocíjado el Rey al ver a
Alicia. -¿Por casualidad no habrás visto a unos soldados, querida, mientras
venías por el bosque?
-Desde luego que sí -dijo Alicia-y a lo que me pareció, no habría menos de
varios miles.
-Cuatro mil doscientos siete, para ser exactos -aclaró el Rey consultando sus
notas-y no pude enviar a todos los caballos, como comprenderás, porque dos de
ellos han de permanecer al menos jugando la partida. Tampoco he enviado a los