sintió porque también ella quería enterarse de las noticias. Sin embargo, en vez
de cuchichear, el mensajero gritó a todo pulmón: --¡¡Ya están armándola otra
vez!!
-¡¿A eso le llamas hablar en voz baja?! -gritó el Rey dando brincos y
sacudiéndose como podía. -¡Si vuelves a hacer una cosa así haré que te unten de
mantequilla! ¡Me ha atravesado de un lado a otro de la cabeza como si hubiese
tenido un terremoto dentro!
-Pues habrá tenido que ser un terremoto muy chiquito -pensó Alicia. --¿Quiénes
la están armando otra vez? -se atrevió a preguntar.
-¿Quién va a ser? -dijo el Rey-el león y el unicornio, por supuesto.
-¿Estarán luchando por la corona? -¿Pues y por qué si no? -respondió el Rey. Y
lo más gracioso del asunto es que la corona no es ni del uno ni del otro, ¡sino
que es la mía! ¡Corramos allá a verlos!- Y emprendieron la carrera, mientras,
Alicia se acordaba de la letra de una vieja canción:
El león y el unicornio por una corona siempre sin tregua se batían.
El león al unicornio por toda la ciudad una buena paliza le ha dado.
Unos les dieron pan y otros borona. Unos les dieron pastel y otros a tortas,
redoblando tambores, de la ciudad los echaron.
-¿Acaso..., el que..., gana..., se lleva la corona! -preguntó Alicia como pudo,
pues de tanto correr estaba perdiendo el aliento.
-¡De ninguna manera! -exclamó el Rey. -¡Dios nos libre! -Querría ser..., tan
amable..., -jadeó Alicia después de correr un rato más-de parar un minuto...,
sólo para..., recobrar el aliento?
-Tan amable, sí soy -contestó el Rey-sólo que fuerte no lo soy tanto. Ya sabes
lo veloz que corre un minuto. ¡Intentar pararlo sería como querer alcanzar a un
zamarrajo!
A Alicia no le quedaba ya aliento para seguir hablando de forma que continuaron
corriendo en silencio, hasta que llegaron a un lugar donde
se veía a una gran muchedumbre reunida en torno al león y al unicornio mientras
luchaban. Ambos habían levantado una polvareda tal que al principio Alicia no
pudo distinguir cuál era cuál; aunque pronto identificó al unicornio por el
cuerno que le asomaba.
Se colocaron cerca de donde estaba Hatta, el otro mensajero, que también estaba
ahí contemplando la pelea, con una taza de té en una mano y una rebanada de pan
con mantequilla en la otra.
-Acaba de salir de la cárcel y aún no había acabado de tomar el té cuando lo
encerraron -susurró Haigha al oído de Alicia-y allá dentro sólo les dan conchas
de ostra para comer..., de forma que está el pobre muy hambriento y sediento.
¿Cómo estás, mi hijito continuó dirigiéndose al sombrerero y pasándole el brazo
afectuosamente por el cuello.
El sombrerero se volvió y asintió con la cabeza, pero siguió ocupado con su té y
su pan con mantequilla.
-¿Lo pasaste bien en la cárcel, viejito querido? -le preguntó Haigha. El
sombrerero se volvió de nuevo, pero esta vez unos lagrimones le rodaron por la
mejilla; pero de hablar, nada.
-¡A ver si hablas de una vez! -le espetó impacientado Haigha. Pero el sombrerero
continuó mascando tan campante y sorbiendo su te.
-¡A ver si hablas de una vez! -le gritó el Rey. -¿Cómo va esa pelea? El
sombrerero hizo un esfuerzo desesperado y logró tragar un trozo bien grande de
pan y mantequilla que tenía aún en la boca.
-Se las están arreglando muy bien los dos -respondió, atragantándose-. Ambos han
mordido el polvo unas ochenta y siete veces.
-Entonces, supongo que estarán a punto de traer el pan y la borona -se atrevió a
observar Alicia.
Ahí está esperando a que acaben -dijo el sombrerero-; yo me estoy comiendo un
trocito.