Se produjo entonces una pausa en la pelea y el león y el unicornio se sentaron
en el suelo, jadeando, lo que aprovechó el Rey para darles una tregua,
proclamando a voces: -¡Diez minutos de refresco!
Haigha y Hatta se pusieron inmediatamente a trabajar pasando bandejas
de pan negro y blanco. Alicia se sirvió un poco para probar, pero estaba muy
seco.
-No creo que luchen ya más por hoy -le dijo el Rey a Hatta-, así que ve y ordena
que empiecen a doblar los tambores.
Y el sombrerero salió dando botes como un saltamontes. Durante un minuto o dos
Alicia se quedó en silencio, contemplando cómo se alejaba. Pero de pronto se
llenó de gozo: -¡Mirad! -exclamó, señalando apresuradamente en aquella
dirección-: ¡Por ahí va la Reina blanca corriendo por el campo! Acaba de salir
volando del bosque por allá lejos... ¡Vaya lo rápido que pueden volar estas
Reinas!
-La perseguirá algún enemigo, sin duda -comentó el Rey sin tan siquiera
volverse-. Ese bosque está infestado de ellos.
-Pero... ¿no va a ir corriendo a ayudarla? -preguntó Alicia muy sorprendida de
que lo tomara con tanta calma.
-No vale la pena; no serviría de nada -se excusó el Rey-. Corre tan velozmente
que sería como intentar agarrar a un zamarrajo. Pero escribiré un memorándum
sobre el caso, si quieres... ¡Es tan buena persona! -comentó en voz baja consigo
mismo, mientras abría su cuaderno de notas-. Oye, ¿«buena» se escribe con «b» o
con «v»? En este momento el unicornio se paseó contoneándose cerca de ellos, con
las manos en los bolsillos.
-He salido ganando esta vez, ¿no? -le dijo al Rey apenas mirándolo por encima
cuando pasaba a su lado.
-Un poco..., un poco... -concedió el Rey algo nerviosamente-. No debiste haberlo
atravesado de esa cornada, ¿no te parece?
-No le hizo el menor daño -aseguró el unicornio sin darle importancia, e iba a
continuar hablando cuando su vista se topó con Alicia; se volvió en el acto y se
quedó ahí pasmado durante algún rato, mirándola con un aire de profunda
repugnancia.
-¿Qué es... esto? -dijo al fin. -Esto es una niña -explicó Haigha de muy buena
gana, poniéndose entre ambos para presentarla, para lo que extendió ambas manos
en su
dirección, en característica actitud anglosajona-. Acabamos de encontrarla hoy.
Es de tamaño natural y ¡el doble de espontánea! -¡Siempre creí que se trataba de
un monstruo fabuloso! -exclamó el unicornio-. ¿Está viva?
-Al menos puede hablar -declaró solemnemente Haigha. El unicornio contempló a
Alicia con una mirada soñadora y le dijo: --Habla, niña.
Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras
rompía a hablar, diciendo: -¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los
unicornios eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad!
-Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro -repuso el
unicornio-si tu crees en mi, yo creeré en tí, ¿trato hecho?
-Sí, como guste -contestó Alicia. -¡Ala! ¡A ver si aparece ese pastel de frutas,
viejo! -continuó diciendo el unicornio, volviéndose hacia el Rey-. ¡A mí que no
me vengan con ese pan negro!
-¡Desde luego..., desde luego! -se apresuró a balbucear el Rey, e hizo una seña
a Haigha-: Abre el saco -susurró-. ¡Rápido! ¡Ese no..., no tiene más que heno!
Haigha extrajo un gran pastel del saco y se lo dio a Alicia para que se lo
tuviera mientras él se ocupaba de sacar una fuente y un cuchillo de trinchar.
Alicia no podía comprender cómo salían tantas cosas del saco. -Es como si fuera
un truco de magia-pensó.
Mientras sucedía todo esto, el león se reunió con ellos: tenía un aspecto muy
cansado y somnoliento y hasta se le cerraban un poco los ojos.
-¿Qué es esto? -preguntó, parpadeando indolentemente en dirección a Alicia y
hablando en un tono de voz huero y cavernoso que sonaba como si fuese el doblar
de una gran campana.
-¡A ver, a ver! ¿A ti qué te parece que es? -exclamó ansiosamente el unicornio-.
¡A que no lo adivinas! ¡Yo desde luego no pude hacerlo! El león contempló a