que estoy casi dispuesta a ir a despertarlo y ¡a ver qué pasa! En este momento
sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas voces muy fuertes, unos gritos
de -¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! -que profería un caballero, bien armado de acero
púrpura, que venía galopando hacia ella blandiendo una gran maza. Justo cuando
llegó a donde estaba Alicia, el caballo se detuvo súbitamente-: ¡Eres mi
prisionera! -gritó el caballero, mientras se desplomaba pesadamente del caballo.
A pesar del susto que se había llevado, Alicia estaba en aquel momento más
preocupada por él que por sí misma y estuvo observando con no poca ansiedad cómo
montaba nuevamente sobre su cabalgadura. Tan pronto como se hubo instalado
cómodamente en su silla, empezó otra vez a proclamar: -¡Eres mi...! -pero en ese
preciso instante otra voz le atajó con nuevos gritos de-: ¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque!
-y Alicia se volvió, bastante sorprendida, para ver al nuevo enemigo.
Esta vez era el caballero blanco. Cabalgó hasta donde estaba Alicia y al
detenerse su montura se desplomó a tierra tan pesadamente como antes lo hubiera
hecho el caballero rojo: luego volvió a montar y los dos caballeros se
estuvieron mirando desde lo alto de sus jaeces sin decir palabra durante algún
rato. Alicia miraba ora al uno ora al otro, bastante desconcertada.
-¡Bien claro está que la prisionera es mía! -reclamó al fin el caballero rojo.
-¡Sí, pero luego vine yo y la rescaté! -replicó el caballero blanco. -¡Pues
entonces hemos de batirnos por ella! -declaró el caballero rojo, mientras
recogía su yelmo (que traía colgado de su silla y tenía una forma así como la
cabeza de un caballo) y se lo calaba.
-Por supuesto, guardaréis las reglas del combate, ¿no? -observó el caballero
blanco mientras se calaba él también su yelmo. -Siempre lo hago -aseguró el
caballero rojo y empezaron ambos a golpearse a mazazos con tanta furia que
Alicia se escondió tras un árbol para protegerse de los porrazos.
-¿Me pregunto cuáles serán esas reglas del combate? -se dijo mientras
contemplaba la contienda, asomando tímidamente la cabeza desde su
escondrijo. Por lo que veo, una de las reglas parece ser la de que cada vez que
un caballero golpea al otro lo derriba de su caballo; pero si no le da, el que
cae es él..., y parece que otra de esas reglas es que han de agarrar sus mazas
con ambos brazos, como lo hacen los títeres del guiñol..., ¡y vaya ruido que
arman al caer: como si fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el
guardafuegos! Pero, ¡qué quietos que se quedan sus caballos! Los dejan
desplomarse y volver a montar sobre ellos como si se tratara de un par de mesas.
Otra de las reglas del combate, de la que Alicia no se percató, parecia ser la
de que siempre habían de caer de cabeza; y efectivamente, la contienda terminó
al caer ambos de esta manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la
mano y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando.
-¡Una victoria gloriosa! ¿no te parece? -le dijo el caballero blanco a Alicia
mientras se acercaba jadeando.
-Pues no sé qué decirle -le contestó Alicia con algunas dudas-. No me gustaría
ser la prisionera de nadie; lo que yo quiero es ser una reina. -Y lo serás:
cuando hayas cruzado el siguiente arroyo -le aseguró el caballero blanco-. Te
acompañaré, para que llegues segura, hasta la linde del bosque; pero ya sabes
que al llegar allá tendré que volverme, pues ahí se acaba mi movimiento.
-Pues muchísimas gracias -dijo Alicia-. ¿Quiere que le ayude a quitarse el
yelmo? -evidentemente no parecía que el caballero pudiera arreglárselas él solo;
pero Alicia lo logró al fin, tirando y librándolo a sacudidas.
-¡Ahora sí que puede uno respirar! -exclamó el caballero alisándose con ambas
manos los pelos largos y desordenados de su cabeza y volviendo la cara amable
para mirar a Alicia con sus grandes ojos bondadosos. Alicia pensó que nunca en
toda su vida había visto a un guerrero de tan extraño aspecto.
Iba revestido de una armadura de latón que le sentaba bastante mal y llevaba
sujeta a la espalda una caja de madera sin pintar de extraña forma, al revés y
con la tapa colgando abierta. Alicia la examinó con
mucha curiosidad. -Veo que te admira mi pequeña caja -observó el caballero con
afable tono-. Es de mi propia invención..., para guardar ropa y bocadillos. La
llevo boca abajo, como ves, para que no le entre la lluvia dentro. -Pero es que
se le va a caer todo fuera -senaló Alicia con solicitud-. ¿No se ha dado cuenta
de que lleva la tapa abierta?