El caballero posó orgullosamente la vista sobre su yelmo, que llevaba colgado de
la silla. -Si -asintió- pero he inventado otro mejor aún que este..., uno en
forma de un pan de azúcar. Con aquel yelmo puesto, si me sucedía caer del
caballo, daba inmediatamente con el suelo puesto que en realidad caía una
distancia muy corta, ¿comprendes?... Claro que siempre existía el peligro de
caer dentro de él, desde luego... Eso me sucedió una vez..., y lo peor del caso
fue que antes de que pudiera salir de nuevo, llegó el otro caballero blanco y se
lo puso creyendo que era el suyo.
El caballero describía esta escena con tanta seriedad que Alicia no se atrevió a
reir. -Me temo que le habrá usted hecho daño -comentó con voz que le temblaba de
la risa contenida-estando usted con todo su peso encima de su cabeza.
-Tuve que darle de patadas, por supuesto -explicó el caballero con la misma
seriedad-. Y entonces se quitó el yelmo..., pero pasaron horas y horas antes de
que pudiera salir de ahi dentro. ¡Estaba yo tan
apremiado que no había quien me sacara de ahí! -Me parece que lo que usted
quiere decir es que estaba muy «apretado» -objetó Alicia.
-Mira, ¡apremiado por todas partes! -insistía el caballero-. ¡Te lo aseguro! -
Levantó las manos, sacudiendo la cabeza, al decir esto, bastante excitado, y al
instante rodó por tierra, acabando de cabeza en una profunda zanja Alicia corrió
al borde de la cuneta para ver de ayudarle. La caída la había tomado por
sorpresa pues aquella vez el caballero parecía haberse mantenido bastante bien
sobre sú caballo durante algún tiempo, y además temía que esta vez sí se hubiese
hecho daño de verdad.
Sin embargo, y aunque sólo podía verle la planta de los pies, se quedó muy
aliviada al oír que decía en su tono usual de voz: -Apremiado por todas partes -
repetía-pero fue un descuido por su parte ponerse el yelmo de otro..., ¡y con el
otro dentro además!...
-¿Cómo puede usted estar ahí hablando tan tranquilo con la cabeza abajo como si
nada? -preguntó Alicia mientras lo arrastraba por los pies y amontonaba sus
enlatados miembros al borde de la zanja.
El caballero pareció quedar muy sorprendido por la pregunta. -Y, ¿qué más da
donde esté mi cuerpo? -dijo-. Mi cabeza sigue trabajando todo el tiempo. De
hecho, he comprobado que cuanto más baja tenga la cabeza, más invenciones se me
van ocurriendo.
-Ahora, que la vez que mejor lo hice -continuó después de una pausafue cuando
inventé un budín mientras comíamos la entrada de carne. -¿Con tiempo suficiente
para que se lo sirvieran al siguiente plato? --supuso Alicia-. ¡Eso sí que se
llama pensar rápido!
-Bueno, no fue el siguiente plato -dijo el caballero lentamente, con voz un
tanto retenida-. No, desde luego no lo sirvieron después del otro. Entonces, ¿lo
servirían al día siguiente, porque supongo que no iban a comer dos budines en la
misma cena?
-Bueno, tampoco apareció al día siguiente -repitió el caballero igual que antes-
. Tampoco al otro día. En realidad -continuó agachando la cabeza y bajando cada
vez más la voz-no creo que ese budín haya sido
cocinado nunca. En realidad, ¡no creo que ese budín sea cocinado jamás! Y, sin
embargo, como budín, ¡qué invento más extraordinario! -A ver, ¿de qué estaba
hecho ese budín, según su invento? -preguntó Alicia, con la esperanza de
animarlo un poco, pues al pobre caballero parecía que aquello le estaba
deprimiendo bastante.
-Para empezar, de papel secante -contestó el caballero dando un gemido.
-Me temo que eso no quedaría demasiado bien... -No quedaría bien así solo -
interrumpió con bastante ansiedad-pero, ¡no tienes idea de cómo cambia al
mezclarlo con otras cosas!... Tales como pólvora y pasta de lacrar. Pero tengo
que dejarte aquí -terminó, pues acababan de llegar al lindero del bosque.
A Alicia se le reflejaba el asombro en la cara: no podía menos de pensar con ese
budín.
-Estás triste -dijo el caballero con voz inquieta-déjame que te cante una
canción que te alegre.
-¿Es muy larga? -preguntó Alicia, pues había oído demasiada poesía aquel día.