-Es larga -confesó el caballero-¡pero es tan, tan hermosa! Todo el que me la ha
oído cantar..., o se le han saltado las lágrimas o si no...
¿O si no qué? -insistió Alicia pues el caballero se habla quedado cortado de
golpe.
-O si no no se les ha saltado nada, esa es la verdad. La canción la llaman «Ojos
de bacalao».
-¡Ah! ¿Conque ese es el nombre de la canción, eh? -dijo Alicia, intentando dar
la impresión de que estaba interesada.
-No, no comprendes -corrigió el caballero, con no poca contrariedad-. Asi es
como la llaman, pero su nombre en realidad es «Un ancíano viejo viejo».
-Entonces, ¿debo decir que así es como se llama la canción? -se corrigió a su
vez Alicia.
-No, tampoco. ¡Eso ya es otra cosa! La canción se llama «De esto y de aquello»,
pero es sólo como se llama, ya sabes...
-Bueno, pues entonces cuál es esa canción, -pidió Alicia que estaba ya
completamente desconcertada.
-A eso iba -respondió el caballero. En realidad, la canción no es otra que
«Posado sobre una cerca», y la música es de mi propia invención. Y hablando de
esta guisa, detuvo su caballo y dejó que las riendas cayeran sueltas por su
cuello: luego empezó a cantar, marcando el tiempo lentamente con una mano, una
débil sonrisa iluminando la cara bobalicona, como si estuviera gozando con la
música de su propia canción.
De todas las cosas extrañas que Alicia vio durante su viaje a través del espejo,
esta fue la que recordaba luego con mayor claridad. Años más tarde podía aún
revivir toda aquella escena de nuevo, como si hubiera sucedido sólo el día
anterior..., los suaves ojos azules y la cara bondadosa del caballero..., los
rayos del sol poniente brillando por entre sus pelos venerables y destellando
sobre su armadura, con un fulgor que llegaba a deslumbrarla..., el caballo
moviéndose tranquilo de aquí para allá, las riendas colgando del cuello,
paciendo la hierba a sus pies..., y las sombras oscuras del bosque al fondo...,
todo ello se le grabó a Alicia en la mente como si fuera un cuadro, mientras se
recostaba contra un árbol protegiéndose con la mano los ojos del sol y observaba
a aquella extraña pareja, oyendo medio en sueños la melancólica música de esa
canción.
-Sólo que la música no es uno de sus inventos -se dijo Alicia-es «Te doy cuanto
poseo que ya más no puedo». Se quedó callada oyendo con la mayor atención, pero
no se le asomaba ninguna lágrima a los ojos.Te contaré todo cuanto pueda:
Poco me queda por narrar. Una yez vi a un anciano viejo viejo asoleándose sobre
una cerca. -¿Quién eres, anciano? -díjele-, y, ¿qué haces para vivir?
Su respuesta se coló por mi mente como el agua por un tamiz. Díjome: -Cazo las
mariposas que duermen por el trigo trigo. Con ellas me cocino unos buenos
pastelillos de cordero que luego vendo por las calles.
Me los compran esos hombres -continuóque navegan por los procelosos mares
Y así consigo el pan de cada día. Y ahora, tenga la bondad, la voluntad...
Pero yo estaba meditando un plan para teñirme de verde los bigotes, empleando
luego un abanico tan grande que ya nadie me los pudiera ver Así pues y no
sabiendo qué replicar a lo que el viejo me decía gritéle: -¡Vamos! ¡Dime de qué
vives! con un buen golpe a la cabeza.
Con su bondadosa voz, reanudó la narración.
Díjome: -Me paseo por ahí y cuando topo con un arroyo lo echo a arder en la
montaña.
Con eso fabrican aquel espléndido producto que llaman aceite de Macasar...
Sin embargo, dos reales y una perra es todo lo que me dan por mi labor.
Pero yo estaba meditando la manera de alimentarme a base de manteca para ir así
engordando un poco cada día.
Entonces, le di un fuerte vapuleo, hasta que se le puso la cara bien morada.
-¡Vamos! ¡Dime cómo vives! -le grité-. ¡Y a qué profesión te dedicas!