Díjome: -Cazo ojos de bacalao por entre las zarzas y las jaras. Con ellos labro,
en el silencio de la noche hermosos botones de chaleco.
Y cata que a estos no los vendo ni por oro ni por plata; sino tan sólo por una
perra
¡Y por una te llevas diez!
A veces cavo bollos de mantecón o pesco cangrejos con vareta de gorrión. A veces
busco por los riscos a ver si encuentro alguna rueda de simón. Y de esta manera
-concluyó pícaro dando un guiñoes como amaso mi fortuna...
Ahora me sentiría muy honrado bebiendo un trago a la salud de vuesa merced.
Entonces sí que lo oí, pues en mi mente maduraba mi gran proyecto de cómo salvar
del óxido al puente del Menai recociéndolo bien en buen vino.
Así que mucho le agradecí la bondad de contarme el método de su fortuna, pero
mayormente, por su noble deseo de beber a la salud de mi ilustre persona.
Y así, cuando ahora por casualidad
se me pegan los dedos en la cola; o me empeño en calzarme salvajemente el pie
derecho en el zapato izquierdo o cuando sobre los deditos del pie me cae algún
objeto bien pesado, lloro porque me acuerdo tanto, de aquel anciano que otrora
conociera...
De mirada bondadosa y pausado hablar... Los cabellos más canos que la nieve...
La cara muy como la de un cuervo, los ojos encendidos como carbones. Aquel que
parecía anonadado por su desgracia y mecía su cuerpo consolándose... Susurrando
murmullos y bisbiseos, como si tuviera la boca llena de pastas, y que resoplaba
como un búfalo..., aquella tarde apacible de antaño..., asoleándose sentado
sobre una cerca.
Al llegar a las últimas palabras de la balada, el caballero recogió las riendas
y volvió la cabeza de su corcel por el camino por donde habían venido. -Sólo te
quedan unos metros más -dijo-bajando por la colina y cruzando el arroyuelo
aquél: entonces serás una reina..., pero antes te quedarás un poco aquí para
decirme adiós, ¿no? -añadió al ver que Alicia volvía la cabeza muy ansiosa en la
dirección que le indicaba-. No tardaré mucho. ¡Podrías esperar aquí y agitar el
pañuelo cuando llegue a aquella curva! Es que, ¿comprendes?, eso me animaría un
poco.
-Pues claro que esperaré -le aseguró Alicia-y muchas gracias por venir conmigo
hasta aquí, tan lejos..., y por la canción..., me gustó mucho... -Espero que sí
-dijo el caballero con algunas dudas-: no lloraste tanto como había supuesto.
Y diciendo esto se dieron la mano y el caballero se alejó pausadamente por el
bosque. -No tardaré mucho en verlo despedido, supongo -se dijo Alicia mientras
le seguía con la vista-. ¡Ahí va! ¡De cabeza, como de costumbre! Pero parece que
vuelve a montar con bastante facilidad..., eso gana con colgar tantas cosas de
la silla... -y así continuó hablando consigo misma mientras contemplaba cómo iba
cayendo ya de un lado ya del otro a medida que el caballo seguia cómodamente al
paso. Después de la cuarta o quinta caida llegó a la curva y entonces Alicia
agitó el pañuelo en el aire y esperó hasta que se perdiera de vista. -Ojalá que
eso lo animara -dijo, al mismo tiempo que se volvía y empezaba a correr cuesta
abajo-. Y ahora, ¡a por ese arroyo y a convertirme en Reina! ¡Qué bien suena
eso! -y unos cuantos pasos más la llevaron a la linde del bosque.
-¡La octava casilla al fin! -exclamó dando un salto para salvar el arroyo y
cayendo de bruces...
... sobre una pradera tan suave como si fuese de musgo, con pequeños macizos de
flores diseminados por aquí y por allá. -¡Ay! ¡Y qué contenta estoy de estar
aquí!
Pero, ¿qué es esto que tengo sobre la cabeza? -exclamó con gran desconsuelo
cuando palpándose la cabeza con las manos se encontró con algo muy pesado que le
ceñía estrechamente toda la testa. -Pero, ¿cómo se me ha puesto esto encima sin