-Ya te dimos la oportunidad de hacerlo -observó la Reina roja-pero mucho me temo
que no te han dado aún bastantes lecciones de buenos modales.
-Los buenos modales no se aprenden en las lecciones -corrigió Alicia-. Lo que se
enseña en las lecciones es a sumar y cosas por el estilo.
-¿Sabes sumar? -le preguntó la Reina blanca-. ¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y
uno y uno y uno y uno?
-No sé -dijo Alicia-he perdido la cuenta. -No sabe sumar -interrumpió la Reina
roja-. ¿Sabes restar? ¿Cuánto es ocho menos nueve?
-Restarle nueve a ocho no puede ser, ya sabe -replicó Alicia vivamentepero, en
cambio...
-Tampoco sabe restar -concluyó la Reina blanca-. ¿Sabes dividir? Divide un pan
con un cuchillo..., ¡a ver si sabes contestar a eso!
-Supongo que... -estaba empezando a decir Alicia, pero la Reina roja contestó
por ella-: Pan y mantequilla, por supuesto. Prueba hacer otra resta: quítale un
hueso a un perro y, ¿qué queda?
Alicia consideró el problema: -Desde luego el hueso no va a quedar si se lo
quito al perro..., pero el perro tampoco se quedaría ahí si se lo quito; vendria
a morderme..., y en ese caso, ¡estoy segura de que yo tampoco me quedaría!
-Entonces, según tú, ¡no quedaría nada? -insistió la Reina roja. -Creo que esa
es la contestación.
-Equivocada, como de costumbre -concluyó la Reina roja-. Quedaría la paciencia
del perro.
-Pero no veo cómo... -¿Qué cómo? ¡Pues así! -gritó la Reina roja-. El perro
perdería la paciencia, ¿no es verdad?
-Puede que sí -replicó Alicia con cautela. -Entonces si el perro se va, ¡tendria
que quedar ahí la paciencia que perdió! -exclamó triunfalmente la Reina roja.
Alicia objetó con la mayor seriedad que pudo: -Pudiera ocurrir que ambos fueran
por caminos dístintos-. Sin embargo, no pudo remediar el pensar para sus
adentros-: Pero, ¡qué sarta de tonterías que estamos diciendo!
-¡No tiene ni idea de matemáticas! -sentenciaron enfáticamente ambas reinas a la
vez.
-¿Sabe usted sumar acaso? -dijo Alicia, volviéndose súbitamente hacia la Reina
blanca, pues no le gustaba nada tanta crítica.
A la Reina se le cortó la respiración y cerró los ojos: -Sé sumar --aclaró-si me
das el tiempo suficiente... Pero no sé restar de ninguna manera.
-¿Supongo que sabrás tu A B C? -intimó la Reina roja. -¡Pues no faltaba más! -
respondió Alicia.
Yo también -le susurró la Reina blanca al oído-: lo repasaremos juntas, querida;
y te diré un secreto... ¡Sé leer palabras de una letra! ¿No te parece estupendo?
Pero en todo caso, no te desanimes, que también llegarás tú a hacerlo con el
tiempo.
Al llegar a este punto, la Reina roja empezó de nuevo a examinar: --¿Sabes
responder a preguntas prácticas? ¿Cómo se hace el pan? -¡Eso sí que lo sé! -
gritó Alicia muy excitada-. Se toma un poco de harina...
-¡Qué barbaridad! ¡Cómo vas a beber harina! -se horrorizó la Reina blanca.
-Bueno, no quise decir que se beba sino que se toma así con la mano, después de
haber molido el grano...
-¡No sé por qué va a ser un gramo y no una tonelada! -siguió objetando la Reina
blanca-. No debieras dejar tantas cosas sin aclarar.
-¡Abanícale la cabeza! -interrumpió muy apurada la Reina roja-. Debe de tener ya
una buena calentura de tanto pensar. -Y las dos se pusieron manos a la obra
abanicándola con manojos de hojas, hasta que Alicia tuvo que rogarles que
dejaran de hacerlo pues le estaban volando los pelos de tal manera.
Ya se encuentra mejor -diagnosticó la Reina roja-. ¡Has aprendido idiomas? ¿Cómo
se dice tururú en francés?
-Tururú no es una palabra castellana -replicó Alicia con un mohín de seriedad.
-¿Y quién dijo que lo fuera? -replicó la Reina roja. Alicia pensó que esta vez
sí que se iba a salir con la suya-. Si me dice a qué idioma pertenece eso de
tururú, ¡le diré lo que quiere decir en francés! -exclamó triunfante.
Pero la Reina roja se irguió con cierta dignidad y le contestó: -Las reinas
nunca hacen tratos.