-¡Ojalá tampoco hicieran preguntas! -pensó Alicia para sus adentros. -¡No nos
peleemos! -intercedió la Reina blanca un tanto apurada-. ¿Cuál es la causa del
relámpago?
-Lo que causa al relámpago -pronunció Alicia muy decidida, porque esta vez sí
que estaba convencida de que sabía la contestación-, es el trueno..., ¡ay, no,
no! -se corrigió apresuradamente-. ¡Quise decir al reves!
-¡Demasiado tarde para corregirlo! -sentenció la Reina roja-. Una vez que se
dice algo, ¡dicho está! Y a cargar con las consecuencias...
-Lo que me recuerda... -dijo la Reina blanca mirando hacia el suelo y juntando y
separando las manos nerviosamente-. ¡La de truenos y relámpagos que hubo durante
la tormenta del último martes...! Bueno, de la última tanda de martes que
tuvimos, se comprende.
Esto desconcertó a Alicia. -En nuestro país -observó- no hay más que un día a la
vez.
La Reina roja dijo: -¡Pues vaya manera más mezquina y ramplona de hacer las
cosas! En cambio aquí, casi siempre acumulamos los días y las noches; y a veces
en invierno nos echamos al coleto hasta cinco noches seguidas, ya te podrás
imaginar que para aprovechar mejor el calor.
-¿Es que cinco noches son más templadas que una? -se atrevió a preguntar Alicia.
-Cinco veces más templadas, pues claro. -Pero, por la misma razón, debieran de
ser cinco veces más frías... -¡Así es! ¡Tú lo has dicho! -gritó la Reina roja-
.Cinco veces más templadas y cinco veces más frías..., de la misma manera que yo
soy cinco veces más rica que tú y cinco veces más lista!
Alicia se dio por vencida, suspirando. -Es igual que una adivinanza sin solución
-pensó.
-Humpty Dumpty también la vio continuó la Reina blanca con voz grave, más como
si hablara consigo misma que otra cosa-. Se acercó a la puerta con un
sacacorchos en la mano.
-Y, ¿qué es lo que quería? -preguntó la Reina roja. -Dijo que iba a entrar como
fuera -explicó la Reina blanca-porque estaba buscando a un hipopótamo. Ahora que
lo que ocurrió es que aquella mañana no habia nada que se le pareciese por la
casa.
-Y, ¿es que sí suele haberlos, por lo general? -preguntó Alicia muy asombrada.
-Bueno, sólo los jueves -replicó la Reina. -Yo sí sé a lo que iba Humpty Dumpty
-afirmó Alicia-. Lo que quería era castigar a los peces, porque...
Pero la Reina blanca reanudó en ese momento su narración. -¡Qué de truenos y de
relámpagos! ¡Es que no sabéis lo que fue aquello! (-Ella es la que nunca sabe
nada, por supuesto -intercaló la Reina roja.) Y se desprendió parte del techo y
por ahí ¡se colaron una de truenos...! ¡Y se pusieíon a rodar por todas partes
como piedías de molino..., tumbando mesas y revolviéndolo todo..., hasta que me
asusté tanto que no me acordaba ni de mi propio nombre!
Alicia se dijo a si misma: -¡A mi desde luego no se me habría ocurrido ni
siquiera intentar recordar mi nombre en medio de un accidente tal! ¿De qué me
habría servido lograrlo! -pero no lo dijo en voz alta por no herir los
sentimientos de la pobre reina.
-Su Majestad ha de excusarla -le dijo la Reina roja a Alicia, tomando una de las
manos de la Reina blanca entre las suyas y acariciándosela suavemente-. Tiene
buena intención, pero por lo general no puede evitar que se le escapen algunas
tonterias.
La Reina blanca miró tímidamente a Alicia, que sintió que tenía que decirle algo
amable; pero la verdad es que en aquel momento no se le ocurría nada.
-Lo que pasa es que nunca la educaron como es debido -continuó la Reina roja-.
Pero el buen carácter que tiene es algo que asombra. ¡Dale palmaditas en la
cabeza y verás cómo le gusta! -Pero esto era algo más de lo que Alicia se habría
atrevido.
-Un poco de cariño..., y unos tirabuzones en el pelo..., es todo lo que está
pidiendo.
La Reina blanca dio un profundo suspiro y recostó la cabeza sobre el hombro de
Alicia. -Tengo tanto sueño -gimió.