-¡Nada! -respondió Alicia impacientemente-. ¡La he estado aporreando!
-Ezo e'tá muy mal..., ezo e'tá muy mal... -masculló la rana-. Ahora se no' ha
enfadao. -Entonces se acercó a la puerta y le propinó una fuerte patada con uno
de sus grandes pies-. U'té, ándele y déjela en paz --jadeó mientras cojeaba de
vuelta hacia su árbol-y ya verá como ella la deja en paz a u'té.
En este momento, la puerta se abrió de par en par y se oyó una voz que cantaba
estridentemente:
Al mundo del espejo Alicia le decía: ¡En la mano llevo el cetro y sobre la
cabeza la corona! ¡Vengan a mí las criaturas del espejo, sean ellas las que
fueren! ¡Vengan y coman todas conmigo, con la Reina roja y la Reina blanca! Y
cientos de voces se unieron entonces coreando: ¡llenad las copas hasta rebosar!
¡Adornad las mesas de botones y salvado! ¡Poned, gatos en el café y ratones en
el té! ¡Y libemos por la Reina Alicia, no menos de treinta veces tres!
Siguió luego un confuso barullo de «vivas» y de brindis y Alicia pensó: --
Treinta veces tres son noventa, ¿me pregunto si alguien estará contando? -Al
minuto siguiente volvió a reinar el mayor silencio y la misma estridente voz de
antes empezó a cantar una estrofa más:
¡Oh criaturas del espejo, clamó Alicia. Venid y acercaros a mí! ¡Os honro con mi
presencia y os regalo con mi voz!
¡Qué alto privilegio os concedo de cenar y merendar conmigo, con la Reina roja y
con la Reina blanca! Otra vez corearon las voces:
¡llenemos las copas hasta rebosar, con melazas y con tintas, o con cualquier
otro brebaje igualmente agradable de beber! ¡Mezclad la arena con la sidra y la
lana con el vino! iY brindemos por la Reina Alicia no menos de noventa veces
nueve!
-iNoventa veces nueve! -repitió Alicia con desesperación-. iAsí no acabarán
nunca! Será mejor que entre ahora mismo de una vez -y en efecto entró; mas en el
momento en que apareció se produjo un silencio mortal.
Alicia miró nerviosamente a uno y otro lado de la mesa mientras avanzaba andando
por la gran sala; pudo ver que habia como unos cincuenta comensales, de todas
clases: algunos eran animales, otros
pájaros y hasta se podían ver algunas flores. -Me alegro de que hayan venido sin
esperar a que los hubiera invitado -pensó- pues desde luego yo no habría sabido
nunca a qué personas había que invitar.
Tres sillas formaban la cabecera de la mesa: la Reina roja y la Reina blanca
habían ocupado ya dos de ellas, pero la del centro permanecía vacía. En esa se
fue a sentar Alicia, un poco azarada por el silencio y deseando que alguien
rompiese a hablar.
Por fin empezó la Reina roja: -Te has perdido la sopa y el pescado --dijo-. ¡Qué
traigan el asado! -Y los camareros pusieron una pierna de cordero delante de
Alicia, que se la quedó mirando un tanto asustada porque nunca se habia visto en
la necesidad de trinchar un asado en su vida.
-Pareces un tanto cohibida: permíteme que te presente a la pierna de cordero -le
dijo la Reina roja-: Alicia..., Cordero; Cordero..., Alicia. --La pierna de
cordero se levantó en su fuente y se inclinó ligeramente ante Alicia; y Alicia
le devolvió la reverencia no sabiendo si debía de sentirse asustada o divertida
por todo esto.
-¿Me permiten que les ofrezca una tajada? -dijo tomando el cuchillo y el tenedor
y mirando a una y a otra reina.
-¡De ningún modo! -replicó la Reina roja muy firmemente-: Sería una falta de
etiqueta trinchar a alguien que nos acaba de ser presentado. ¡Qué se lleven el
asado! -Y los camareros se lo llevaron diligentemente, poniendo en su lugar un
gran budín de ciruelas.
-Por favor, que no me presenten al budín -se apresuró a indicar Alicia-o nos
quedaremos sin cenar. ¿Querrían que les sirviese un poquito? Pero la Reina roja
frunció el entrecejo y se limitó a gruñir severamente: --Budín..., Alicia;
Alicia..., Budín. ¡Que se lleven el budín! -Y los camareros se lo llevaron con
tanta rapidez que Alicia no tuvo tiempo ni de devolverle la reverencia.