De todas formas, no veía por qué tenía que ser siempre la Reina roja la única en
dar órdenes; así que, a modo de experimento, dijo en voz bien alta: -¡Camarero!
¡Que traigan de nuevo ese budín! -y ahí reapareció al momento, como por arte de
magia. Era tan enorme que Alicia no pudo
evitar el sentirse un poco cohibida, lo mismo que le pasó con la pierna de
cordero. Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo, logró sobreponerse, cortó un
buen trozo y se lo ofreció a la Reina roja.
-¡¡Qué impertinencia!! -exclamó el budín-. Me gustaría saber, ¿cómo te gustaría
a ti que te cortaran una tajada del costado! ¡Qué bruta! Hablaba con una voz
espesa y grasienta y Alicía se quedó sin respiración, mirándolo toda pasmada.
-Dile algo, -recomendó la Reina roja-. Es ridículo dejar toda la conversación a
cargo del budín.
-¿Sabe usted? En el día de hoy me han recitado una gran cantidad de poemas -
empezó diciendo Alicia, un poco asustada al ver que en el momento en que abría
los labios se producia un silencio de muerte y que todos los ojos se fijaban en
ella-y me parece que hay algo muy curioso..., que todos ellos tuvieron algo que
ver con pescados. ¿Puede usted decirme por qué gustan tanto los peces a todo el
mundo de por aquí?
Le decía esto a la Reina roja, cuya respuesta se alejó un tanto del tema. -
Respecto al pescado -dijo muy lenta y solemnemente, acercando mucho la boca al
oído de Alicia-Su Blanca Majestad sabe una adivinanza..., toda en rima..., y
toda sobre peces... ¿Quieres que te la recite?
-Su Roja Majestad es muy amable de sacarlo a colación -murmuró la Reina blanca
al otro oido de Alicia, arrullando como una paloma-. Me gustaría tanto
hacerlo..., ¿no te importa?
-No faltaba más -concedió Alicia, con mucha educación. La Reina blanca sonrió
alegremente de lo contenta que se puso y acarició a Alicia en la mejilla. Empezó
entonces:
Primero, hay que pescar al pez; Cosa fácil es: hasta un niño recién nacido
sabría hacerlo.
Luego, hay que comprar al pez;
Cosa fácil es: hasta con un penique podría lograrlo.
Ahora, cocíname a ese pez; Cosa fácil es: no nos llevará ni tan siquiera un
minuto. Arréglamelo bien en una fuente: pues vaya cosa: si ya está metido en
una.
Tráemelo acá, que voy a cenar; Nada más fácil que ponerla sobre la mesa
¡Destápame la fuente!
¡Ay! Esto sí que es difícil: no puedo yo con ella.
Porgue se pega como si fuera con cola, Porque sujeta la tapa de la fuente
mientras se recuesta en ella.
¿Qué es más fácil, pues, descubrir la fuente o destapar la adivinanza?
-Tómate un minuto para pensarlo y adivina luego -le dijo la Reina roja-.
Mientras tanto, brindaremos a tu salud. ¡Viva la Reina Alicia! -chilló a todo
pulmón y todos los invitados se pusieron inmediatamente a beber..., pero, ¡de
qué manera más extraña! Unos se colocaban las copas sobre sus cabezas, como si
se tratara del cono de un apagador, bebiendo lo que les chorreaba por la cara...
Otros voltearon las jarras y se bebían el vino que corría por los ángulos de la
mesa..., y tres de ellos (que parecían más bien canguros) saltaron sobre la
fuente del cordero asado y empezaron a tomarse la salsa a lametones: -¡Como si
fueran
cerdos en su pocilga! -pensó Alicia. -Deberías dar ahora las gracias con un
discursito bien arreglado -dijo la Reina roja dirigiéndose a Alicia con el
entrecejo severamente fruncido. -A nosotras nos toca apoyarte bien, ya sabes -le
aseguró muy por lo bajo la Reina blanca a Alicia, mientras ésta se levantaba
para hacerlo, muy obedientemente, pero algo asustada.