drico, bien equilibrado en las patas gruesas y provis-
tas de garras.
Artoo miró a Threepio, que se erguía junto a la pa-
red del pasillo. Las luces pestañearon enigmáticamen-
te en tomo a un único ojo mecánico, mientras el ro-
bot más pequeño estudiaba el magullado revestimien-
to de su amigo. Una pátina de metal y de polvo fibroso
cubría el acabado de bronce por lo general brillante,
y se distinguían algunas abolladuras, consecuencia del
embate sufrido por la nave rebelde en donde se ha-
llaban.
Un profundo y persistente zumbido, que ni siquie-
ra la explosión más ruidosa logró acallar, acompañó
el último ataque. Después, sin motivo aparente, el te-
nue rasgueo se interrumpió bruscamente: los únicos
sonidos del pasillo desértico provenían del extraño
crujido como de ramas secas de los relés en cortocir-
cuito, o de los ruidos sordos de los circuitos agonizan-
tes. Las explosiones comenzaron a retumbar una vez
más en la nave, pero procedían de más allá del pasillo.
Threepio giró su cabeza uniforme y humanoide ha-
cia un costado. Los oídos metálicos escuchaban aten-
tamente. La imitación de una pose humana era casi
innecesaria — los sensores auditivos de Threepio eran
totalmente omnidireccionales—, pero el delgado ro-
bot había sido programado para mezclarse perfecta-
mente con compañía humana. Su programación abar-
caba incluso la mímica de los gestos humanos.
—¿Oíste eso?—preguntó a su paciente compañe-
ro refiriéndose al sonido palpitante—. Han cerrado el
reactor principal y el mecanismo de transmisión. — Su
voz denotaba tanta incredulidad y preocupación como
la de cualquier humano. Una palma metálica frotó
tristemente un manchón gris opaco del costado, don-
de una abrasadora del casco que se había roto cayó y
melló el acabado de bronce. Threepio era una máquina
fastidiosa y esas cosas le perturbaban—. Una locura,