esto es una locura — dijo meneando lentamente la ca-
beza—. Esta vez nos destruyen con toda seguridad.
Artoo no respondió inmediatamente. Su torso en
forma de barril se inclinó hacia atrás; las poderosas
piernas se aferraron a la cubierta y el robot de un
metro de altura se concentró en estudiar el cielorraso.
Aunque no podía inclinar la cabeza en una postura
de atención como su amigo, Artoo se las ingenió para
transmitir esa impresión. De su altavoz surgió una
serie de breves hipos y de chirridos. Incluso para un
oído humano sensible habrían sido sólo productos de
la estática, pero para Threepio formaban palabras tan
claras y puras como la corriente directa.
—Sí, supongo que tuvieron que interrumpir el me-
canismo de transmisión — reconoció Threepio —,
pero ¿qué vamos a hacer ahora? No podemos entrar
en la atmósfera con la aleta estabilizadora principal
destruida. Me cuesta creer que debamos rendirnos sin
más.
Súbitamente apareció una reducida patrulla de hu-
manos armados, con los rifles preparados. Tenían el
ceño tan fruncido por la preocupación como sus uni-
formes, y les rodeaba el halo de los hombres dispues-
tos a morir.
Threepio los observó en silencio hasta que desapa-
recieron en un recodo lejano del pasillo y luego volvió
a mirar a Artoo. El robot más pequeño no había va-
riado su posición de atención. Threepio dirigió la mi-
rada, hacia arriba, aunque sabía que los sentidos de
Artoo eran algo más penetrantes que los suyos.
—Artoo, ¿qué ocurre?
Como respuesta obtuvo una breve ráfaga de bips.
Un instante después ya no había necesidad de senso-
res altamente armonizados. Durante uno o dos minu-
tos, el pasillo continuó en un silencio letal. Después
se oyó un débil roce, como el de un gato que llama a
una puerta, proveniente de arriba. El extraño ruido