provenía de fuertes pisadas y del traslado de un equi-
po voluminoso en algún punto de la nave.
Al oír varias explosiones apagadas, Threepio mur-
muró;
—Han entrado en algún punto por encima de nos-
otros. Esta vez no habrá escapatoria para el capitán.
—Giró y observó a Artoo—: Creo que será mejor
que...
El chirrido del metal excesivamente dilatado do-
minó el ambiente antes de que Threepio terminara la
frase y el extremo más lejano del pasillo quedó ilumi-
nado por un cegador destello aclínico. En algún lugar,
más abajo, el reducido grupo armado que había pa-
sado minutos antes había entrado en contacto con los
atacantes de la nave.
Threepio apartó el rostro y los delicados fotorre-
ceptores con el tiempo justo para esquivar los frag-
mentos de metal que salían despedidos por el pasillo.
En el extremo más lejano del cielorraso apareció un
boquete y formas similares a enormes botas de metal
comenzaron a caer en el suelo del pasillo. Ambos ro-
bots sabían que ninguna máquina podía igualar la flui-
dez con que se movían esas formas e instantáneamen-
te adoptaron posturas de lucha. Los recién llegados
no eran seres mecánicos, sino humanos acorazados.
Uno de ellos miró en línea recta a Threepio... no,
no a él, pensó frenéticamente el robot aterrorizado,
sino más allá de él. La figura movió el enorme rifle
entre las manos acorazadas... demasiado tarde. Un
rayo de intensa luz golpeó su cabeza y despidió frag-
mentos de coraza, hueso y carne en todas direcciones.
La mitad de las tropas imperiales invasoras gira-
ron y comenzaron a responder al ataque en el pasillo,
apuntando más allá de los dos robots.
—¡Rápido... por aquí! —ordenó Threepio con la
idea de alejarse de los imperiales.
Artoo giró con él. Sólo habían dado un par de pa-