sos cuando vieron a la tripulación rebelde en posición,
más adelante, que disparaba pasillo abajo. En pocos
segundos el pasillo se llenó de humo y de rayos de
energía entrelazados.
Los rayos rojos, verdes y azules rebotaron en las
zonas lustradas de la pared y el suelo, y abrieron lar-
gas hendeduras en las superficies metálicas. Los gri-
tos de los humanos heridos y agonizantes — un sonido
extrañamente no robótico, pensó Threepio — retum-
baban penetrantemente por encima de la destrucción
inorgánica.
Un rayo dio cerca de los pies del robot al mismo
tiempo que otro reventaba la pared a sus espaldas, y
dejaba al descubierto circuitos que echaban chispas e
hileras de conductos. La fuerza del doble estallido hizo
que Threepio cayera en medio de los cables destroza-
dos, donde una docena de corrientes distintas lo con-
virtió en una masa retorcida y espasmódica.
Diversas sensaciones extrañas recorrieron sus ter-
minaciones nerviosas de metal, sensaciones que no
produjeron dolor sino confusión. Cada vez que se mo-
vía e intentaba librarse, se producía otro crujido vio-
lento de un nuevo grupo de componentes que se des-
conectaba. El ruido y los rayos artificiales se mantu-
vieron a su alrededor mientras la batalla continuaba
con todo ardor.
El humo comenzó a llenar el pasillo. Artoo Detoo
se apresuró a ayudar a su amigo. El pequeño robot
mostraba una flemática indiferencia ante las energías
salvajes que abarrotaban el pasillo. De todos modos,
era de tan corta estatura que la mayoría de los rayos
le pasaban por encima.
—
¡Socorro! —
gritó Threepio, repentinamente
asustado ante un nuevo mensaje de un sensor inter-
no —. Creo que algo se está derritiendo. Libera mi
pierna izquierda... el problema está cerca del servo-
motor pélvico. —Como era característico en él, su