tono varió bruscamente de ruego a regaño —. ¡Tienes
la culpa de todo! —gritó enfurecido—. Debí hacer
algo mejor que confiar en la lógica de un asistente ter-
mocapsular de la mitad del tamaño normal. No com-
prendo por qué insististe en que dejáramos nuestras
estaciones asignadas para bajar por este estúpido pa-
sillo de acceso, aunque ahora no tiene importancia.
Toda la nave debe de estar...
Artoo Detoo interrumpió el discurso con unos
bips y silbidos furiosos, aunque siguió cortando y ti-
rando con precisión de los enmarañados cables de alta
tensión.
—¿Sí? —agregó Threepio burlonamente—
.
¡Lo
mismo para ti, pequeñajo... !
Una explosión desmesuradamente violenta estreme-
ció el pasillo y ahogó su voz. Un efluvio de componen-
tes carbonizados que quemaba los pulmones cubrió
el
aire y todo quedó a oscuras.
Dos metros de altura. Bípedo. Vaporosas túnicas
negras que cubrían su figura y un rostro siempre en-
mascarado con una pantalla respiratoria de metal ne-
gro, funcional aunque estrafalaria: el Oscuro Señor
del Sith constituía una forma horripilante y amena-
zadora a medida que avanzaba por los pasillos de la
nave rebelde.
El temor acompañaba las pisadas de todos los Os-
curos Señores. La nube de maldad que rodeaba al que
avanzaba fue lo bastante intensa para que las aguerri-
das tropas imperiales retrocedieran, tan amenazadora
para llevarlas a murmurar nerviosamente. Los tripu-
lantes rebeldes, poco antes decididos a todo. dejaron
de resistir, se separaron y corrieron presas del pá-
nico al ver la armadura negra... coraza que, aunque
negra, no era tan oscura como los pensamientos que
corrían la mente contenida en su interior.