Un propósito, un pensamiento, una obsesión domi-
naban ahora esa mente. Quemaron el cerebro de Darth
Vader cuando éste giró por otro pasillo del caza ave-
riado. El humo comenzaba a despejarse, pese a que
los sonidos de la lejana lucha todavía resonaban en el
casco. Aquí la batalla había concluido.
Sólo quedaba un robot, que se agitó libremente
después del paso del Oscuro Señor. See Threepio se li-
bró finalmente del último cable que le atenazaba. De
algún lugar situado detrás de él llegaban los gritos hu-
manos, pues las despiadadas tropas imperiales esta-
ban acabando con los últimos restos de resistencia re-
belde.
Threepio bajó la mirada y sólo vio la cubierta lle-
na de cicatrices. Al volver la vista, habló con tono de
suma preocupación:
—Artoo Detoo, ¿dónde estás? —El humo pareció
disiparse. Threepio dirigió la mirada pasillo arriba.
Artoo Detoo parecía encontrarse allí. Pero no mi-
raba en dirección a Threepio. El pequeño robot pare-
cía petrificado en actitud atenta. Agachada sobre él
— incluso a los fotorreceptores electrónicos de Three-
pio les resultaba difícil penetrar el humo pegajoso y
ácido— se hallaba una figura humana joven, esbel-
ta y, según las laberínticas pautas estéticas humanas,
dedujo Threepio, de una serena belleza. Una mano pe-
queña parecía moverse sobre el torso de Artoo.
Threepio clavó la vista en ellos mientras la bruma
volvía a espesarse. Pero al llegar al final del pasillo,
sólo Artoo estaba allí, en actitud de espera. Threepio
miró más allá de él, inseguro. De vez en cuando, los
robots sufrían alucinaciones electrónicas pero... ¿por
qué habría de tener alucinaciones respecto a un hu-
mano?
Se encogió de hombros... Pero por qué no, sobre
todo si se tenían en cuenta las confusas circunstancias
de aquellos momentos y la dosis de corriente pura que