acababa de absorber. No debía sorprenderle nada de
lo que sus circuitos internos concatenados pudieran
concebir.
—¿Dónde has estado? —preguntó por último
Threepio —. Supongo que te escondiste. — Decidió no
mencionar a la figura quizás humana. Si había sido
una alucinación, no le daría a Artoo la satisfacción de
saber hasta qué punto los recientes acontecimientos
habían alterado sus circuitos lógicos—. Regresarán
por aquí — prosiguió, señalando el pasillo, y no dio al
robot pequeño la oportunidad de responder —, en bus-
ca de supervivientes humanos. ¿Qué haremos ahora?
No confiarán en las máquinas de los rebeldes en el
sentido de que no sabemos nada valioso. Nos enviarán
a las minas de especias de Kessel o nos convertirán
en repuestos para otros robots menos valiosos. Eso
si no nos consideran trampas potenciales del progra-
ma y nos destruyen al vernos. Si nosotros no... —pero
Artoo ya había girado y anadeaba rápidamente por el
pasillo—. Espera, ¿a dónde vas? ¿No me has oído?
—Mientras murmuraba maldiciones en varios idio-
mas, algunas puramente mecánicas, Threepio corrió
con soltura tras su amigo. La unidad Artoo, dijo para
sus adentros, podía ser un circuito cerrado total cuan-
do se lo proponía.
Fuera del centro de mandos del crucero galáctico,
el pasillo estaba lleno de hoscos prisioneros reunidos
por las tropas imperiales. Algunos estaban heridos,
otros agonizaban. Varios oficiales habían sido separa-
dos de los soldados y formaban un grupo aparte que
dirigía beligerantes miradas y amenazas al silencioso
pelotón que los mantenía a raya.
Como si hubiesen recibido una orden, todos — tan-
to las tropas imperiales como los rebeldes — guarda-
ron silencio cuando una forma imponente y encapu-