chada apareció en un recodo del pasillo. Dos oficiales
rebeldes, hasta ese momento decididos y obstinados,
comenzaron a temblar. La gigantesca figura se detuvo
delante de uno de los hombres y se irguió sin decir pa-
labra. Una mano imponente rodeó el cuello del hom-
bre y lo levantó del suelo de la cubierta. Al oficial re-
belde se le salieron los ojos de las órbitas, pero guar-
dó silencio.
Un oficial imperial, con el casco blindado echado
hacia atrás — lo que permitía ver una cicatriz reciente
donde un rayo de energía había traspasado su blinda-
je —, salió de la sala de mandos del caza y negó enér-
gicamente con la cabeza:
—Nada, señor. El sistema de recuperación de la
información está limpio.
Darth Vader acogió la noticia con una señal de
asentimiento apenas perceptible. La máscara impene-
trable giró para observar al oficial al que estaba tortu-
rando. Los dedos cubiertos de metal se contrajeron.
Al elevarse, el prisionero intentó desesperadamente
abrirlos por la fuerza, pero sin éxito.
—¿Dónde están los datos que interceptasteis?
—barbotó Vader amenazadoramente—. ¿Qué habéis
hecho con las cintas de información?
—Nosotros... no interceptamos... ninguna infor-
mación — murmuró el oficial colgado, que apenas po-
día respirar. De lo profundo de su ser logró extraer
un chillido de indignación—: Ésta es una... nave con-
sejera... ¿Acaso no vio nuestras... señales extemas?
Estamos... realizando... una misión... diplomática.
—¡Que el caos se apodere de vuestra misión!
—gruñó Vader—. ¿Dónde están esas cintas? —Apre-
tó con más fuerza, con la amenaza implícita en el
apretón.
Al responder, la voz del oficial era un susurro
descamado y ahogado.
—Sólo... el comandante lo sabe.