—Esta nave lleva el blasón del sistema de Alde-
raan — farfulló Vader y la máscara respiratoria pare-
cida a una gárgola se acercó—. ¿Hay algún miembro
de la familia real a bordo? ¿A quién lleváis? —Los
gruesos dedos hicieron una presión mayor y los force-
jeos del oficial se tomaron aún más frenéticos. Sus
últimas palabras se ahogaron y confundieron más allá
de lo inteligible.
Vader no estaba satisfecho. Aunque la figura ganó
flaccidez con una resolución espantosa e incuestiona-
ble, la mano siguió apretando y produjo un escalo-
friante chasquido y estallido de huesos, como un perro
que quiebra el plástico. Después, con un jadeo de asco,
Vader arrojó el muerto en forma de muñeco contra
una pared. Varios soldados imperiales se apartaron a
tiempo para esquivar el horripilante proyectil.
La imponente forma giró inesperadamente y los ofi-
ciales imperiales se encogieron bajo su siniestra y ate-
rradora mirada.
—Comenzad a destrozar esta nave pieza por pieza,
componente por componente, hasta que encontréis las
cintas. En cuanto a los pasajeros, si es que hay algu-
no, los quiero vivos — hizo una pausa y después agre-
gó—:
¡De inmediato!
Tanto los oficiales como los hombres estuvieron a
punto de chocar a causa de la prisa por marcharse...
no precisamente para cumplir las órdenes de Vader,
sino para alejarse de su malévola presencia.
Finalmente, Artoo Detoo se detuvo en un pasillo
vacío, libre de humo y de las señales de la batalla.
Threepio, perturbado y confuso, frenó detrás de él.
—Me has hecho recorrer media nave, ¿y para
qué...? —Se calló y miró incrédulo mientras el robot
achaparrado extendía un miembro provisto de garra
y rompía el precinto de la escotilla de un bote salva-