vidas. Inmediatamente se encendió en el pasillo una
luz roja de alerta y se oyó un suave ulular.
Threepio avizoró ávidamente en todas direcciones
pero el pasillo seguía vacío. Cuando volvió a mirar a
Artoo, éste ya se abría paso hacia la estrecha cápsula
del bote. Era lo bastante grande para contener a va-
rios humanos y su diseño no había sido pensado para
incluir ingenios mecánicos. Artoo tuvo algunas difi-
cultades para entrar en el incómodo y pequeño com-
partimento.
—¡ Eh! — exclamó regañón y sorprendido Three-
pio —. ¡No se te permite entrar allí! Está limitado a
humanos. Tal vez podríamos convencer a los imperia-
les de que no estamos programados por los rebeldes y
de que somos demasiado valiosos para que nos desar-
men, pero si alguien te ve ahí no tendremos la más
mínima posibilidad. ¡ Sal!
De algún modo, Artoo había logrado situar su cuer-
po delante del diminuto tablero de mandos. Ladeó li-
geramente el cuerpo y lanzó un torrente de ruidosos
bips y silbidos a su renuente compañero.
Threepio escuchó. No podía fruncir el ceño, pero
logró dar la impresión de que lo hacía.
—¿Misión... qué misión? ¿De qué hablas? Parece
que en tu cerebro no queda un solo terminal lógico in-
tegrado. No... basta de aventuras. Correré el riesgo
con los imperiales... y
no
me meteré ahí.
La unidad Artoo emitió un enfurecido tañido elec-
trónico.
—¡No
me
llames, filósofo estúpido — replicó Three-
pio—, glóbulo de grasa demasiado pesado e imper-
fecto!
Threepio estaba preparando una réplica adicional
cuando una explosión voló la pared trasera del pasi-
llo. Los escombros de metal y polvo sisearon por el
estrecho pasillo secundario, seguidos instantáneamen-
te por una serie de explosiones menores. Las llamas