comenzaron a surgir, hambrientas, de la pared exte-
rior descubierta y se reflejaron en las espaciadas man-
chas de la lustrosa piel de Threepio.
Mientras murmuraba el equivalente electrónico a
entregar su alma a lo desconocido, el larguirucho ro-
bot saltó dentro de la cápsula del bote salvavidas.
—Me arrepentiré de esto — murmuró en tono más
alto mientras que Artoo activaba la puerta de seguri-
dad situada detrás de él.
El robot más pequeño accionó una serie de llaves,
quitó una cubierta y apretó tres botones en una se-
cuencia determinada. En medio del atronar de los pes-
tillos explosivos, la cápsula salvavidas salió despedida
del caza inutilizado.
Cuando a través de los comunicadores llegó la no-
ticia de que el último reducto de resistencia de la nave
rebelde había sido liquidado, el capitán del crucero
imperial se relajó de forma ostensible. Escuchaba con
placer el relato de los hechos acontecidos en la nave
capturada cuando recibió la llamada de uno de sus
principales oficiales de tiro. El capitán se acercó al
hombre, miró por la pantalla visora circular y vio un
punto minúsculo que caía hacia el ardiente mundo de
abajo.
—Allí va otra cápsula, señor. ¿Instrucciones? —La
mano del oficial cubrió una batería de energía com-
putada.
Con indiferencia, confiando en la potencia de fue-
go y en el control total bajo su mando, el capitán es-
tudió las pantallas de lectura cercanas, pertenecientes
a esa cápsula. Todas estaban a su alcance.
—Contenga el fuego, teniente Hija. Los instrumen-
tos no muestran ninguna forma de vida a bordo. Tal
vez hubo un cortocircuito en el mecanismo de libera-
ción de la cápsula o recibió una instrucción falsa. No